El caos estructurado

Comentarios
Índice

Libertad

"Ninguna cosa sucede sin razón,
sino que todas suceden por una razón y por necesidad"

Leucipo

"... llegaría a la conclusión de que nada era real
excepto el azar"

Paul Auster

"Se hallan muy lejos de ser espíritus libres
pues todavía creen en la verdad"

Friedrich Nietzsche

 

Voy a empezar este capítulo con una petición: estimado lector, por favor, sonríe...

Continuar leyendo.

*



























*

No tengo forma de saber si lo has hecho o no, pero no importa. Lo importante para el tema que nos ocupa es que te acabas de enfrentar a un dilema y has tenido que tomar una decisión, sea esta sonreír o no. Has ejercido tu voluntad, has sido, en definitiva, libre.

¿O no?

Puede que no. Puede que estés aquejado de parálisis facial y no puedas, aunque quieras, sonreír.

Puede ser también que pertenezcas a una rara secta que prohíbe a sus miembros frivolidades como sonreír.

Puede, incluso, que hayas sonreído sin haberlo decidido, de modo espontáneo, como consecuencia de lo inesperado de mi petición. O que la sonrisa ya estuviese en tu cara, víctima del jugo de sardonia.

Que la libertad tiene límites es evidente: nuestra voluntad se puede ver frustrada por todo tipo de imposiciones, desde limitaciones físicas hasta obligaciones legales pasando por prohibiciones políticas, tradiciones, usos sociales e, incluso, imposibilidades lógicas.

También en nuestro interior encontramos limitaciones: cuántas veces hemos deseado hacer algo y no hemos podido por miedo, pereza o, simplemente, falta de voluntad.

Aceptado esto, la cuestión ahora es averiguar si más allá de todos los condicionantes, todas las determinaciones, queda un margen para la libertad.

Libertad de acción y libertad de elección (el libre albedrío)

Supongamos que Homínidus ha decidido robar un banco y que se ha armado de valor para llevar a cabo su plan. Acude al banco elegido, entra, se dirige a la ventanilla y pide que le den todo el dinero. Ya en la calle, aparece de la nada un policía que le aplica una llave de arte marcial, le lleva las manos a la espalda y se las sujeta con unas esposas. Poco después, Homínidus se encuentra ante un juez que, tras citar algunos artículos del código penal, le envía a chirona. Y Homínidus, con lágrimas en los ojos, descubre desconsolado que la existencia del policía, y de ciertas leyes protectoras de la propiedad privada, limitan su libertad. Y qué decir de los barrotes de la celda.

En la cárcel el tiempo pasa despacio, y Homínidus piensa en las causas que le han llevado a tan triste situación. Se pregunta, por ejemplo, qué le empujó a robar un banco. Y pronto se encuentra pensando en aquel padre déspota y maltratador; y en la banda juvenil en la que ingresó buscando camaradería y protección; y en la sociedad que nunca le dio una oportunidad. También piensa en la publicidad que asoció en su mente a las mujeres hermosas con los coches de gama alta. Y en la desvergüenza de los bancos al exponer, año tras año, sus enormes cifras de beneficios. En estas está cuando aparece su abogado, quien le dice que, dada la existencia de testigos, solo le queda alegar locura transitoria, lo cual puede verse apoyado por su historial depresivo. La idea es convencer al señor juez de que él, Homínidus, no era responsable de sus actos cuando cometió el atraco.

La libertad puede pensarse en dos momentos completamente distintos: antes y después del acto de voluntad. Que podamos llevar a cabo nuestros planes depende de que en el mundo se den las condiciones adecuadas. A este tipo de libertad la llamaré libertad de acción, y genera varios problemas interesantes, como la relación entre la libertad y la igualdad o, lo que viene a ser lo mismo, el conflicto entre lo individual y lo colectivo.

Otra cosa es lo que ocurre antes de entrar en acción. Por ejemplo, Homínidus, en algún momento, de entre todos los sistemas disponibles para conseguir dinero, eligió el de robar un banco. A esta libertad de elección se le ha llamado tradicionalmente
libre albedrío,
y tiene mucho que ver con la responsabilidad y ha servido para justificar que el Estado meta a la gente en la cárcel y que Dios los mande al infierno.

El libre albedrío

Azar y necesidad

Tomar una decisión es un proceso de cálculo en el que influyen montones de factores distintos. Están los genes, que nos han dotado de una bonita colección de instintos y de unas ciertas capacidades intelectuales, emocionales y físicas. Está lo aprendido de familiares, amigos y conocidos. Está la herencia cultural recibida de la sociedad en la que nos criamos y el contexto histórico en el que nos toca vivir. Y está, por supuesto, la propia experiencia. El resultado de incorporar y procesar toda esta información durante años es lo que somos, y todo ello se pone en funcionamiento a la hora de tomar una decisión y llevarla a cabo.

También está el azar. Este puede influir sobre nuestras decisiones de dos maneras. Una es accidental, como cuando se combinan varios factores de modo inesperado: muchas cosas pueden ir mal, pero generalmente no contamos con que todas vayan mal a la vez. Otra es esencial, si es que el azar que ocurre a nivel microscópico según la mecánica cuántica puede amplificarse y afectar al mundo macroscópico. Los pensamientos son intercambios de iones. Quizá una alteración azarosa de su estructura pueda cambiar el sentido de una decisión.

La influencia del pasado en nuestro comportamiento es obvia. Ahora bien, ¿hay algo más? El acto de voluntad que llevó a Homínidus a robar un banco, ¿estuvo completamente determinado por influencias externas como las enumeradas arriba?

Estamos acostumbrados a hacer responsable a la gente de sus actos. Forma parte del sentido común juzgar a los demás según sus acciones. De hecho, la vida social, basada en la aceptación o rechazo de los otros, parece imposible sin estos juicios.

Pero esta responsabilidad personal se basa en el libre albedrío, y la existencia del libre albedrío es tan solo una teoría del comportamiento humano que, como tal, puede ser errónea.

Supongamos que conocemos todos los factores que han originado la acción delictiva de Homínidus y que hemos hecho con ellos una lista en la pizarra. Borremos ahora de la lista, uno a uno, todos aquellos que no le sean imputables. Podemos empezar por el azar, si es que está en la lista, del que nadie es responsable. A continuación podemos borrar la mala influencia de un padre poco respetuoso con la ley: es evidente que Homínidus no eligió tener ese padre, así que lo podemos borrar. Parecido es el tema de sus amigos del barrio, una verdadera panda de delincuentes juveniles, así que fuera. Puede que haya factores genéticos que le hayan llevado a desarrollar un carácter débil, o quizá inclinado a la violencia. Fuera también. Desde luego, tampoco se le puede achacar a Homínidus la identificación que la sociedad occidental establece entre dinero y sexo, así que fuera, borrado.

Si continuamos este proceso puede que llegue un momento en el que nos encontremos con la lista vacía, con la pizarra limpia. Si es así, hemos de concluir que Homínidus no fue responsable del robo, y que este no fue sino una consecuencia más de un mundo feo, la concreción de un montón de influencias negativas.

Pero si no es así, ¿qué podemos encontrar en la lista que sea suyo, propio, y que nos permita responsabilizar a Homínidus de su atentado contra la propiedad privada?

Muchos son de la opinión de que, por encima de la historia de cada uno, hay algo en el interior del ser humano algo esencial que le lleva a tomar decisiones en un sentido u otro, y que aquellos que cometen malas acciones lo hacen porque están inclinados al mal. No comentaría esta majadería si no fuera por el poder que tienen quienes la defienden. Si una máquina sale defectuosa de fábrica, no la haremos responsable de su mal funcionamiento, sino al fabricante.

En este punto siempre hay alguien que dice que los humanos no somos máquinas, sino algo más, aunque sin que nunca nadie sea capaz de precisar qué es ese algo más que, curiosamente, tiene nombre: alma. Es la teoría del homúnculo: para explicar el comportamiento humano se inventan algo, un ser pequeñito, un homúnculo, el alma, al que responsabilizan de los actos humanos. Pero es evidente que no nos encontramos ante una respuesta, sino ante una regresión ad infinítum, porque transferir la responsabilidad al alma nos lleva a las mismas preguntas y, dentro de esta seudoteoría, a las mismas respuestas: si el alma es responsable es porque, lejos de ser una simple máquina, es algo más, y ese plus es el alma del alma, un homúnculo dentro del homúnculo, y allí es donde reside la responsabilidad. Pero el alma del alma será algo más que una mera máquina y...

Las cosas en realidad son mucho más sencillas: elegir es preferir. Y toda preferencia se basa en criterios. Esos criterios están almacenados en ese órgano de toma decisiones que es el cerebro. Y si están ahí es porque los heredamos o porque, en algún momento de nuestra historia personal, los aprendimos o los elaboramos a partir de otros previos. Y si nuestros criterios son insuficientes, si carecemos de la información suficiente para elegir, lo que solemos hacer es tirar una moneda al aire, lo cual no nos hace precisamente responsables. Todo lo demás es buscar causas incausadas, extrañas entidades capaces de influir sobre el mundo pero sin ser influidas por este.

El mundo es una mezcla de azar y necesidad, y los humanos formamos parte del mundo. Que el azar sea tan solo una medida de nuestra ignorancia o sea esencial es algo que quizá un día llegue a aclarar la física. La cuestión es que nuestras decisiones, si no son producto de ese azar, están completamente determinadas por la programación de nuestro cerebro y los datos disponibles.

He elegido un ejemplo negativo del comportamiento de Homínidus, un robo, para que la conclusión resultase más impactante, pero lo cierto es que todas nuestras decisiones, con independencia de que puedan ser consideradas buenas o malas por unas morales u otras, de que sean correctas, estúpidas, útiles, indiferentes, decepcionantes, inteligentes o majaderas, dependen todas de cómo somos, y cómo somos es una consecuencia de cómo es el mundo.

A la capacidad de tomar decisiones le podemos llamar como queramos, incluso libre albedrío, si así nos place. Pero eso no quita que nuestro comportamiento esté determinado y que seamos, por tanto, completamente irresponsables. Esto es algo que no le gusta ni al poder ni a quienes tienen un alto concepto de sí mismos.

Determinismo y predecibilidad

En 1841, Laplace escribió: “Así pues, hemos de considerar el estado actual del universo como el efecto de su estado anterior y como la causa del que ha de seguirle. Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de lo seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes antes sus ojos”.

Es este es el más famoso ejemplo de la confusión entre los conceptos de determinismo y predecibilidad. Decimos que algo está determinado cuando su estado futuro depende por completo de su estado actual, mientras que predecible es aquel suceso futuro que podemos conocer por adelantado gracias a nuestro conocimiento del estado actual de las cosas. En principio puede parecer que todo sistema determinista es predecible, pero no es así. Un ejemplo lo tenemos en el tiempo atmosférico. Que mañana llueva no depende del capricho de nadie, sino del estado actual de la atmósfera y del comportamiento del sol en las próximas horas. Es un sistema completamente determinista. Disponemos en cada instante de millones de datos acerca de los vientos, la humedad, la temperatura, la presión. Conocemos con bastante detalle las leyes que rigen la dinámica de fluidos. Y utilizamos para realizar las predicciones meteorológicas los ordenadores más potentes del mundo. Sin embargo, nuestras predicciones nunca son completamente seguras, y fallan estrepitosamente cuando intentamos realizar previsiones más allá de dos o tres días. La razón de esta ineficacia no es solo achacable a nuestra humana torpeza, sino a que la atmósfera terrestre es un sistema caótico.

Técnicamente, un sistema caótico es un sistema determinista extremadamente sensible a las condiciones iniciales. Esto quiere decir que la más mínima variación en un dato inicial puede dar resultados completamente distintos al evolucionar el sistema en el tiempo. Edward Lorenz ejemplificó esta idea con su famoso efecto mariposa, por el cual el aleteo de una mariposa en la selva amazónica puede originar un tornado en Texas. Lo importante no es tanto qué origina qué, sino que un pequeño cambio, el aleteo de la mariposa, pueda suponer en el futuro una diferencia enorme, como la que hay entre una apacible brisa y un furioso tornado. La consecuencia práctica de esta sensibilidad es que para poder predecir, con seguridad, el futuro de un sistema caótico, se necesita un grado de precisión en los datos iniciales prácticamente infinito.

La existencia de sistemas caóticos termina con el sueño de Laplace al permitirnos pensar en sistemas que, siendo deterministas, no son predecibles.

Uno de tales sistemas puede ser el cerebro. Aunque muchas veces se utilice la metáfora computacional para hablar de él, la verdad es que el cerebro se parece poco a un ordenador tal y como los construimos hoy día. Su funcionamiento distribuido, paralelo, modular, redundante, competitivo, paradójico y hasta azaroso le distingue completamente de los más bien naif procesadores basados en la estructura if...then...else... De hecho, su complejidad es mayor que la de cualquier otro objeto conocido en el universo.

La cuestión es que, además, bien pudiera ser un sistema caótico. Los pensamientos son el resultado de neuronas que activan a otras neuronas que, a su vez, activan a otras neuronas en un proceso de complejidad creciente que puede ser extremadamente sensible a cambios pequeños. De ser así, el comportamiento humano, olvidándonos por un momento de la influencia del azar, estando determinado sería, a la vez, impredecible.

Si, además, tenemos en cuenta la posibilidad de la influencia del azar, nos encontramos con un futuro doblemente abierto.

La sensación de libertad

Lo anterior puede resultar muy razonable, pero lo cierto es que los humanos nos sentimos libres a la hora de realizar nuestras elecciones. Sentimos que queremos, que deseamos, que decidimos con libertad. Luego el mundo nos podrá poner todos los impedimentos posibles para realizar nuestros deseos, pero, al menos en el pensamiento, nos sentimos libres.

Sin embargo, esta sensación puede ser, como tantas otras cosas, una ilusión. Ian Stewart proporciona un ejemplo interesante: si observamos una ameba al microscopio tendremos la sensación de estar viendo un ser libre: aquel bicho unicelular que va de acá para allá en su gota de agua sobre el portaobjetos nos parecerá estar actuando con completa independencia, con libre albedrío. Sin embargo, sabemos que no es así, pues resulta que su comportamiento está determinado por los gradientes químicos de su entorno. Dicho de otro modo, en las mismas circunstancias siempre se comportará igual, pese a lo que nos pueda parecer.

A los humanos nos ocurre lo mismo: nuestro comportamiento viene determinado por gradientes químicos, físicos y emocionales. Pero las reglas que rigen el comportamiento son tan complejas que somos incapaces de seguir las cadenas causales que llevan desde ellas al comportamiento resultante. De hecho, según han mostrado distintos experimentos neurológicos, las decisiones se toman antes de que tomemos conciencia de ellas. Se le pide a un individuo que oprima un botón cuando le parezca. Pues bien: desde un segundo antes de que el individuo sea consciente de que ha tomado la decisión ya se produce actividad cerebral asociada con el movimiento de la mano.

Sin embargo, la mente hace todo lo posible por preservar la ilusión de libertad: a una persona hipnotizada se le da una orden que debe cumplir una vez salga del trance. Cuando esto ocurre, el sujeto cumple la orden, pero busca una justificación para que parezca que él ha tomado la decisión de hacerlo. Si la orden era ponerse una chaqueta, el sujeto se la pondrá, pero diciendo “hace frío aquí". Este afán de reinterpretar la obediencia como ejercicio de la propia voluntad recuerda aquella parábola de Oscar Wilde: tras rápidas y algo nerviosas deliberaciones, las limaduras de acero decidieron ir a visitar al imán inmediatamente: "La masa unánime se precipitó y quedó pegada al imán por todos lados. El imán sonrió, porque las limaduras de acero estaban convencidas de que su visita era voluntaria".

Para que se produzca esta paradoja ni siquiera es necesario acudir al nivel inconsciente. Como apuntó Skinner, se puede conseguir que alguien observe escrupulosamente un código y que, sin embargo, se sienta libre. Todos lo hacemos, todos obedecemos, más o menos, nuestro propio código moral. Esta obediencia es a veces mero producto del miedo a la exclusión social, al juicio de los demás, y nos genera una desagradable sensación de falta de libertad. En otras ocasiones tenemos más interiorizadas las reglas morales, nos sentimos más identificados con ellas, aunque seguirlas nos siga suponiendo un fastidio, una limitación. El pequeño hurto o la infidelidad podrían ser ejemplos de lo que digo, “tentaciones” en las que, si no se cae, producen frustración.

Pero hay reglas hasta tal punto incorporadas a lo que es el individuo que su cumplimiento no se percibe como tal, pues actuar de esa manera es ser como se es. Leibniz decía que el individuo es libre de elegir. Lo que ocurre es que hay una elección que es coherente con lo que uno es y que elegir otra cosa solo es posible siendo otro, estupendo juego de malabares con el que Leibniz pretendía defender la existencia del libre albedrío, pero que expresa claramente que nuestras elecciones están determinadas por lo que somos.

Es decir: por un lado no somos conscientes de los cálculos que se realizan en nuestro propio cerebro: tan solo somos conscientes de los resultados finales, que nos llegan como salidos de la nada, como fulgurantes decisiones. Por otro, la complejidad del sistema de influencias que configuran nuestra programación hace que el resultado de los cálculos sea en general impredecible. Además, esa misma complejidad nos hace únicos, pues el conjunto de las influencias recibidas nos individualiza.

Vamos, que sentimos que decidimos libremente porque no tenemos ni idea de cómo decidimos. Esta situación se intensifica cuando pasamos al campo de la acción. Todos sabemos que la razón, por sí sola, no es suficiente para actuar. De hecho, solo actuamos si nuestro sistema emocional así lo decide. Para poder llevar a cabo cualquier decisión surgida de un pensamiento racional es imprescindible el empuje de las emociones, lo cual no hace más que aumentar la sensación de libertad, al parecernos nuestros actos productos de la espontaneidad, de algo que nos sale de dentro, de un cierto porque sí aparentemente sin fundamento.

¿Está entonces la razón sometida a la voluntad? Bueno, es una forma de decirlo. En realidad lo que ocurre es que la razón no toma las decisiones. La razón analiza, deduce, calcula, pero no toma las decisiones. Es como en cualquier empresa: los técnicos hacen los estudios, pero quien toma las decisiones finales son otros. Aquí es lo mismo. La razón elabora la información, pero es la voluntad la que finalmente decide actuar. Hume dijo que la razón es esclava de las pasiones. A todos nos ha pasado pensar que lo mejor era A y acabar sin embargo haciendo B.

Se puede deducir de todo esto que la sensación de libertad es la sensación asociada a la percepción de nuestras propias voliciones. Es el producto de desconocer el proceso de cálculo y de la consecuente impredecibilidad de nuestras elecciones. Es la sorpresa del consciente ante la decisión que parece emerger de ninguna parte. Nos sentimos libres porque creemos que nuestras decisiones no están determinadas. Más que libres, somos ignorantes.

Formulada así, esta conclusión puede resultar insatisfactoria, pero, si se piensa, no podríamos habernos encontrado con nada mejor. ¿Lo sería acaso averiguar que actuamos sin razón alguna, que nuestras decisiones son producto únicamente de una especie de ruleta interior? ¿Actuar de un modo completamente azaroso nos haría más libres? Una cierta dosis de azar es interesante en casi todos los sistemas porque aporta posibilidades inesperadas. Pero un sistema completamente azaroso no es un sistema: en realidad no es nada, tan solo confusión, un revoltijo.

Responsabilidad y castigo

Nos hemos olvidado de Homínidus. Nuestro delincuente sigue en prisión preventiva a espera de juicio. Debemos decidir qué hacer con él. Hemos visto que su comportamiento está determinado por las condiciones que le han tocado en suerte, por lo que parecería ridículo hacerle responsable de sus actos. Pero, si no es responsable, no tiene sentido ninguno castigarle.

Así las cosas: ¿le soltamos? ¿Le dejamos "en libertad"?

Las penas impuestas a quienes cometen delitos se justifican de distintas maneras:

  1. El delincuente ha demostrado que puede ser dañino para el resto de la sociedad. Para evitarlo, se le retira de circulación.
  2. Prevención especial: el delincuente aprende que los delitos no quedan impunes. Se trata de que no vuelva a delinquir. Es una medida de disuasión.
  3. Prevención general: lo mismo que la prevención particular, pero aplicado al resto de la sociedad: con los castigos, la gente ve que cometer delitos acarrea consecuencias indeseables para quien los comete.
  4. Reinserción: el delincuente debe ser reeducado para que pueda volver a la sociedad sin ser un peligro para esta.
  5. Restablecimiento del equilibrio psíquico: los damnificados por el delito necesitan que el daño le sea devuelto al delincuente. En este sentido, las penas son una forma de venganza.
  6. Al delinquir se contrae una deuda y el castigo viene a ser el pago de esa deuda.

Las cuatro primeras justificaciones tienen sentido. Tiene sentido aislar al violento: no consideramos que el león tenga libre albedrío, y sin embargo, no le dejamos que andorree por las calles. Tiene sentido también asociar delito con castigo, pues junto a otros criterios, este puede disuadir a muchos a delinquir. Y tiene sentido reeducar, porque el que la sociedad haya hecho mal las cosas no quiere decir que tenga que seguir haciéndolas mal.

Más complicado es el asunto de la venganza. En principio parece algo bárbaro, sin razón de ser. Sin embargo, es un concepto difícilmente separable de la naturaleza humana. Todo daño deja un resto psicológico que hay que enjuagar de alguna manera. El olvido es imposible si no existe alguna reparación. Los estados modernos, para evitar las interminables y casi siempre desproporcionadas venganzas privadas, han monopolizado el ejercicio de la venganza. Cuerpos especiales se encargan de calcularla y aplicarla según los casos. Y los ciudadanos, por lo general, aceptan este monopolio, pero siempre y cuando la venganza, de alguna manera, se produzca. Si en el futuro llegásemos a conocer lo suficiente del funcionamiento del cerebro como para “curar” a los delincuentes, nos encontraríamos con un problema, porque la necesidad de venganza seguiría existiendo.

En cuanto a la teoría que entiende el delito como una deuda contraída y el castigo como el pago de dicha deuda, espero que a estas alturas se entienda que no tiene el más mínimo sentido. No hay deuda que pagar. No hay dos entidades separadas, la sociedad y el individuo. El individuo forma parte de la sociedad y es producto de esa sociedad. No es responsable. Lo dicho: si una máquina funciona mal no le pedimos cuentas a la máquina, sino al fabricante. 

Otra cosa es la cuestión práctica de cómo actuar. Siendo cierto que somos esencialmente irresponsables, también es verdad que los demás nos van a tratar como responsables de hecho. Explicándoles a los demás que el mundo nos ha hecho así, como somos, no vamos a conseguir que nos permitan hacer de nuestra capa un sayo. Echarle la culpa al individuo es bastante más cómodo que echársela al sistema y, desde luego, mucho más inmediato: un cadalso se levanta en un momento, mientras que organizar una revolución exige bastante más tiempo.

Desde el punto de vista del poder, es evidente que focalizar la culpa en los individuos y no en el sistema resulta muy conveniente para su propio sostenimiento. Por eso la teoría de la responsabilidad basada en el libre albedrío ha tenido tanto éxito a lo largo de la historia, porque es una mentira tremendamente útil.

La ignorancia nos hace libres

¿Paradójico? No, si pensamos en la libertad como una sensación. Imaginemos a Homínidus delante de un campo que acaba de comprar. Ha salido de la cárcel después de unos añitos a la sombra y se ha dado cuenta de que la carrera del crimen no es rentable, así que se va a dedicar a cultivar la tierra. Su problema ahora es: ¿qué sembrar?

La tierra es suya, por lo que puede sembrar lo que le de la gana. Es libre. “Nabos”, se dice, “voy a plantar nabos”. Las razones de esta decisión son oscuras, pero tienen que ver con recuerdos de su infancia.

En esto aparece el agricultor que le ha vendido la tierra. Charlan un rato y Homínidus se entera de los diversos cultivos que ha soportado su campo a lo largo del tiempo y de los resultados obtenidos con cada uno de ellos. “¿Nabos? No, aquí lo que se da bien son las cebollas y cosas así”, le dice el campesino.

Decidido a las cebollas, Homínidus se acerca al vivero en busca de bulbos para plantar. Allí ve un cartel que anuncia un curso intensivo de cultivo ecológico: asiste, y en las clases aprende de terrenos, fertilizantes, plagas, variedades, rotaciones y semilleros. Como consecuencia de todo ello ve con claridad qué debe hacer para obtener buenas cosechas y elabora un detallado plan de explotación.

A más información, mejor será nuestro cálculo, y hemos visto que elegir es calcular. Cuanta mayor es la ignorancia, mayor es la sensación de libertad, siendo ésta total si es absoluta la ignorancia, porque en tal caso todo vale y todo se presenta como una posibilidad. La sensación de libertad disminuye por el cálculo, pero la calidad de nuestra elección crece en la misma medida. Es verdad que hay caminos cuya mera existencia solo el conocimiento nos ofrece, ampliando así nuestras posibilidades; pero son muchos más, infinitos, los que nos niega por imposibles.

Hay otra buena razón para incrementar la cantidad y variedad de información que aportamos a nuestro sistema. Si la información de la que disponemos proviene de una única fuente, sea esta la familia, la iglesia, la tribu, no seremos más que clones, copias de un mismo modelo estandarizado de ser humano.

Sin embargo, si multiplicamos las fuentes de información, las teorías, las experiencias, si llenamos nuestro cerebro de pensamientos de otros y si, además, incrementamos el tiempo de cálculo, es decir, si generamos nuestros propios pensamientos, conseguiremos una combinación más rara, más especial, una mezcla única que hará que nuestras decisiones sean más independientes de cada influencia concreta al ser dependientes de tantas. No sé si a eso le podemos llamar libertad, pero es lo más parecido que podemos lograr. En cualquier caso, resulta más divertido que ser demasiado fiel a uno mismo.

Siempre nos han dicho que la verdad nos hará libres, pero esto no es cierto del todo. Lo que nos hace es más eficientes, más operativos, y también más conscientes de nuestras limitaciones. Quizá esta sea la razón por la que muchos rechazan el pensamiento y huyen de la reflexión: por el efecto debilitador que tienen sobre la percepción de la propia libertad.

Condenados a elegir: la ética

Escribió Sartre que estaba “condenado a ser libre”. Lo de “condenado” queda un poco místico, pero lo cierto es que estamos espectacularmente dotados para la toma de decisiones: los instintos, las emociones y la razón forman tres sistemas fuertemente interconectados cuya finalidad es generar respuestas adecuadas a los dilemas que se nos presentan constantemente. Los instintos son respuestas inmediatas: si sientes un calor intenso en la mano, retírala. Las emociones colorean el mundo e intensifican las experiencias, haciéndolas agradables o desagradables: ante un paisaje alpino no nos limitamos a percibir una simple combinación de colores, sino que nos emocionamos ante su grandeza. La razón es el ajuste fino, un ajuste que incorpora al proceso el conocimiento cultural de la especie, y que nos permite generar nuestras propias preguntas.

La ética no es otra cosa que la reflexión acerca de los criterios que tenemos en cuenta para hacer nuestras elecciones. Se trata de elegir cómo elegir. Pero, claro está, para elegir unos criterios, para preferir unos criterios a otros, necesitamos otros criterios, unos metacriterios, lo cual da lugar a una curiosa regresión cuyo fin siempre es interesante indagar. Tirando del hilo de nuestras preferencias siempre llegaremos a un criterio que está ahí, injustificado, venido de fuera, sembrado en nuestra mente en algún momento del pasado, quizá inoculado.  

Solo hay una forma de evitar esta condena a elegir, aunque para ello haya que tomar una decisión más, la última.

Libertad de acción

Una vez hemos tomado una decisión y reunido el coraje necesario para llevarla a cabo, surge la cuestión de si en el mundo se dan las condiciones necesarias para que podamos ejercer nuestra voluntad.

Los límites que pueden mermar nuestra capacidad de acción son de muchos tipos: hay imposibilidades físicas, como llegar a la Luna en menos de un segundo, o estar en dos lugares a la vez. Mi propio cuerpo me impone sus límites tanto en lo fisiológico como en lo mental: ni puedo nadar en una piscina de ácido sulfúrico ni memorizar En busca del tiempo perdido en una tarde, por más que me empeñe.

Contra todo esto luchamos de muchas y variadas maneras: investigamos el mundo, inventamos máquinas, hacemos ejercicio físico, estudiamos, todo ello encaminado a ampliar nuestros límites, a llevarlos algo más lejos.

Luego están los condicionantes sociales, algunos tácitos, como todo lo que nos limita a través de la tradición, las costumbres, las convenciones sociales; y otros explícitos, como los que imponen la política en general y las leyes positivas en particular.

Que el objetivo de todos estos condicionantes y sistemas legislativos es hacer posible la existencia del grupo es evidente. Pero también lo es que, en la misma medida que lo logran, limitan al individuo. Es el eterno conflicto entre lo individual y lo colectivo.

¿Libertad o igualdad?

Esta disyunción aparece con frecuencia cuando se intenta etiquetar políticamente a alguien. Y, como en todo, podemos encontrar opiniones para todos los gustos. Lamennais decía que “donde hay fuertes y débiles, la libertad oprime y la ley libera”, mientras que Popper pensaba que “la libertad es más importante que la igualdad” y que “si se pierde [la libertad] ni siquiera habrá igualdad entre los no libres.

Da la sensación de que todos tienen razón. Por un lado no parece tener sentido hablar de libertad cuando no puedo elegir porque parto con desventaja. Pero, por otro lado, una igualdad lograda a costa de la libertad es más homogeneidad y despersonalización que otra cosa.

Cuando hablamos de libertad o de igualdad estamos hablando de dos aspectos de la vida que entran en conflicto prácticamente por definición, porque su esfera de influencia parece limitar y hasta definirse por la del otro: la individualidad aparece cuando extraemos a los demás de la ecuación. La colectividad es, precisamente, lo que queda al prescindir de las diferencias individuales.

Pero esto no es exactamente así. Buena parte de lo que define al individuo proviene directamente del colectivo en el que está sumergido: las tradiciones y la cultura son el caldo de cultivo del que emergen las características individualidades. Y son estas, recíprocamente, las que, a través del contacto social, nutren la colectividad.

Que hay en todo esto una paradoja lo enuncia perfectamente Pinker cuando habla del amor familiar: según explica, “ninguna sociedad puede ser simultáneamente justa, libre e igualitaria. Si es justa, el que más trabaje acumulará más. Si es libre, la gente dejará sus bienes a sus hijos. Pero entonces no será igualitaria, porque habrá gente que heredará unos bienes que no ha ganado”. El dilema está claro: ¿prohibimos la herencia, limitando con ello la libertad de los padres, para defender la igualdad, o dejamos que los padres sean libres de favorecer a sus hijos como les plazca fomentando con ello la desigualdad entre los humanos? [Quizá alguno apunte que el problema está en el hecho mismo de la propiedad, y que eliminándola se deshace el presunto dilema. Pero no es así, porque desaparecidos los bienes materiales otros cobran aún más peso del que tienen en la sociedad de mercado, y me refiero a los de la mente: en un mundo así los conocimientos y las experiencias se convertirían en los bienes más preciados, y estos pasarían casi inevitablemente de padres a hijos, salvo, eso sí, que los hijos se colectivizasen, pero entonces la libertad quedaría seriamente mermada, sin contar con que siempre queda la herencia genética, de difícil colectivización si no es acudiendo a la ingeniería genética].

La libertad tiene como contrapartida la salida del grupo: al individualizarnos, la libertad de acción nos hace responsables frente a los demás de nuestros actos, y nos deja desprotegidos y temerosos: es el miedo a la libertad. Por el contrario, el colectivo nos ofrece la seguridad del nido, pero a cambio de renunciar a toda pretensión de originalidad.

¿Estamos ante un problema insoluble? Sí, si de lo que se trata es de elegir entre una u otra alternativa. Pero ese es el error. Existe otro camino, que en realidad consiste en tomar los dos a la vez. Optar entre la libertad y la igualdad es un falso dilema, porque una no tiene sentido sin la otra. Libertad e igualdad son en realidad las dos caras de un único concepto bifronte que las engloba y supera y para el que, hasta donde yo sé, aún no hemos encontrado nombre. Evidentemente no podemos ser completamente libres y completamente iguales, pero sí a la vez ambas cosas y en distintos grados y porcentajes. Esta es la tarea de la política, y la de la filosofía, y la de todos aquellos que aprecien en algo la libertad y la igualdad, a saber, encontrar el sistema que optimice los niveles de libertad y de igualdad, encontrar la compleja química que nos permita vivir en la mayor libertad e igualdad posibles.

Platón propuso en La República su solución ideal, de tanto éxito a lo largo de la historia, consistente en cargarse tanto la libertad como la igualdad. A mí me resulta más atractiva la postura de aquellos locos franceses que hablaron de libertad, igualdad y fraternidad. Y esto último no hay que tomárselo ni a coña ni por lo sentimental: la fraternidad se puede entender como ese saber mirar un poco más allá de nuestras narices para darnos cuenta de lo estrechamente unidos que suelen andar los intereses colectivos y nuestros muy individuales intereses.

Miedo a la libertad...

A muchos, la libertad de los demás les produce horror. Creo que hay dos razones para este miedo: la primera es de índole evolutiva: los humanos hemos desarrollado instintos encaminados a controlar nuestro entorno para prever y minimizar los peligros. Uno de tales instintos es el cotilleo, ese afán de saber todo cuanto ocurre alrededor. Otro sería un intenso desagrado hacia la libertad de los demás, pues en cuanto más libres son más posibilidades tienen de actuar contra uno.

La segunda razón tiene que ver con la envidia y con la constatación de la propia falta de libertad. Nadie es completamente libre, pero inmersos en nuestras vidas pocas veces somos conscientes de ello. Sin embargo, hay un momento en que esta falta de libertad se hace evidente: cuando nos topamos con la libertad de los demás. Al ver cómo otros quieren superar una limitación, o ampliar su capacidad de maniobra, o aumentar el número de sus posibilidades, descubrimos lo estrecho que es nuestro propio margen de maniobra y nos damos cuenta de que casi siempre lo que hacemos no es, ni mucho menos, lo que queremos hacer. El humano puede vivir en su inconsciencia más o menos tranquilo, pero, cuando se ve obligado a enfrentarse a su propia realidad, puede reaccionar de modo violento e intentar eliminar el origen de su inquietud. De ahí a limitar la libertad de los demás solo hay un paso.

Hay muy poca gente libre. La mayoría somos esclavos de nuestras propias convicciones. De hecho, quizá nadie sea libre. Incluso los que luchan denodadamente por no dejarse atar por ninguna regulación son esclavos de ese afán. Pero lo que sí es cierto es que unos parecen más libres que otros, y eso es algo que algunos no pueden soportar.

Un exceso de libertad

Igor Stravisnky escribió lo siguiente en su Poética musical:

"Por lo que a mí se refiere, siento una especie de terror cuando, al ponerme a trabajar, ante la infinidad de posibilidades que se me ofrecen, tengo la sensación de que todo me está permitido. Si todo me está permitido, lo mejor y lo peor; si ninguna resistencia se me ofrece, todo esfuerzo es inconcebible; no puedo apoyarme en nada y toda empresa, desde entonces, es vana. 

"¿Estoy, pues, obligado a perderme en este abismo de libertad? ¿A qué podré asirme para escapar al vértigo que me atrae ante la virtualidad de este infinito? Pero no he de perecer. Venceré mi terror y me haré firme en la idea de que dispongo de siete notas de la gama y de sus intervalos cromáticos, de que el tiempo fuerte y el tiempo débil están a mi disposición y de que tengo así elementos sólidos y concretos que me ofrecen un campo de experimentación tan vasto como la desazón y el vértigo del infinito que antes me asustaban."

*

Resumen

Existe una libertad real, que es la posibilidad de cumplir nuestros deseos. Esta se ve limitada permanentemente por el mundo físico, por los demás, y por el miedo.

El libre albedrío, la libertad de elección, no es otra cosa que una sensación, pues lo cierto es que nuestras elecciones son consecuencia del cálculo, entendido este como el ejercicio combinado de instintos, emociones y razón.

La impredecibilidad de nuestro comportamiento, la inconsciencia de parte del proceso de toma de decisiones, la posible influencia del azar y la ignorancia de las consecuencias intensifican la sensación de libertad. Por el contrario, el conocimiento hace que esta sensación se desvanezca, aunque nos hace interactuar con el mundo de un modo más eficiente y menos dependiente de modelos ajenos.

Que nuestras decisiones estén determinadas salvo una posible componente azarosa nos hace irresponsables de nuestros actos. En realidad, es un sinsentido hablar de responsabilidad individual cuando es el mundo en su conjunto el que determina a los individuos. Sin embargo, la mayoría de las sociedades están construidas sobre la falacia de la responsabilidad.

Si no somos libres, si estamos condicionados, ¿por qué actuar? Pues por el deseo. Yo deseo que el mundo sea de otra manera. Entonces hago cosas encaminadas a que sea distinto.

En cualquier caso, estamos condenados a seguir tomando decisiones porque vivir es, precisamente, eso: interactuar con el mundo y elegir ante los dilemas que se nos plantean.

Solo el suicidio evita esta “condena”.


Comentarios
Índice

Fuentes:

  • Las citas:
    • Leucipo, De Tales a Demócrito Fragmentos presocráticos
    • Paul Auster, Ciudad de Cristal
    • Nietzsche, La genealogía de la moral
  • Para Hawking, según se cita en Stephen Hawking: su vida y su obra, de Kitty Ferguson, el libre albedrío es tan solo una teoría del comportamiento humano.
  • Laplace explica que el universo es una gigantesca máquina determinista en su Ensayo filosófico sobre las probabilidades.
  • Lorenz habló del efecto mariposa en Does the flap of a butterfly’s wings in Brazil set off a tornado in Texas?
  • La posibilidad de que el cerebro sea caótico en el sentido matemático la menciona John D. Barrow en Imposibilidad.
  • De la habilidad de las amebas para seguir gradientes químicos habla Ian Stewart en El segundo secreto de la vida.
  • Roger Penrose, en Lo grande, lo pequeño y la mente humana, y Edelman y Tononi, en Consciousness, explican que decidimos antes de ser conscientes de haberlo hecho.
  • Searle cuenta en Mentes, cerebros y ciencia, como justificamos nuestras decisiones a posteriori.
  • La magnífica parábola de Oscar Wilde sobre las limaduras de hierro se puede leer en Cuentos breves y extraordinarios, la famosa recopilación de Borges y Bioy .
  • Skinner, en Walden Dos, y Leibniz, en Discurso de metafísica, explican cada uno a su manera, que se pueden cumplir reglas, ser como uno tiene que ser sin que eso implique que el individuo pierda la sensación de libertad.
  • Sartre nos condenó a ser libres en El ser y la nada.
  • La preferencia de Lamennais por la igualdad la conozco porque Joaquín Estefanía le cita en La cara oculta de la prosperidad. De la preferencia de Popper por la libertad da cuenta él mismo en su autobiográfico Búsqueda sin término.
  • Con algo de retranca, Pinker habla de la incompatibilidad entre familia y justicia en How the mind work.
  • Hablando de miedo y de libertad hay que hablar de Fromm y de su Miedo a la libertad .
  • Dijo Marx: “Ningún hombre combate la libertad; a lo sumo, combate la libertad de los demás”. Citado por Alasdair MacIntyre en Historia de la Ética.

Última actualización: 8-4-2011


El caos estructurado
sector17