El caos estructurado |
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¿Por qué, sabiendo tanto como especie, sabemos tan poco como individuos? Es obvio que no podemos pretender ser todos especialistas en todo, pero tampoco tiene mucho sentido que el saber logrado por la ciencia y la filosofía no se incorpore, al menos en líneas generales, al equipamiento estándar de los humanos. Sabemos mucho acerca de cómo funciona del mundo físico en un rango de fenómenos abrumador gracias a la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Los mecanismos de la herencia y la especiación tienen cada vez menos secretos gracias a la genética. Las neurociencias y la psicología evolutiva están dando pasos de gigante para la comprensión de nuestro propio pensamiento y de la misma conciencia. La antropología cultural ha desvelado la influencia del medio social en el comportamiento. La medicina nos hace más sanos y más longevos. La electrónica logra día a día gadgets cada vez más asombrosos. Las ciencias que tratan la contingencia, la paleontología, la arqueología, la historia, nos muestran a veces con hiperrealismo qué ocurrió. Y, por terminar en algún sitio, la matemática echa luz sobre los paisajes de lo posible y la filosofía sobre los de lo real. Entonces, sabiendo tanto, ¿por qué sabemos tan poco? Una de la razones es que, en realidad, saber por saber no nos importa. No lo suficiente, desde luego, como para coger un libro e intentar entenderlo. Si todo lo que hay que hacer se reduce a ver un vídeo de YouTube de tres minutos con bonitas imágenes, la cosa puede ser aceptable, pero si el esfuerzo es mayor, no. A mucha gente le gusta hablar de la extraordinaria curiosidad de los humanos. Yo diría que sí, que los humanos somos curiosos, y también los monos, los tigres de bengala y hasta las amebas. Es obvio que la curiosidad supone una ventaja evolutiva, porque empuja a los individuos a explorar el mundo y descubrir así peligros y oportunidades. Pero de ahí a que esta curiosidad sea lo suficientemente potente como para interesarse por la mecánica cuántica, la psicología evolutiva o la escritura cuneiforme hay mucho trecho. No somos esencialmente distintos de los leones del zoo, que si no tienen hambre no abandonan la sombra del árbol para ver lo que hay al otro lado ni aunque les empujen. Es una pena. Primero, porque el mundo sería un lugar mucho más interesante y, posiblemente, más amable, si cada individuo fuese más curioso y, como consecuencia, más sabio. Y, segundo, porque adquirir conocimiento es un placer, un verdadero placer, aunque de esos malditos placeres que exigen algo de esfuerzo previo. El motor de nuestro comportamiento es la reproducción. Hasta la supervivencia se supedita a ella. Un amigo profesor les vendía la filosofía a sus alumnos diciéndoles que era buenísima para ligar. Si llegásemos a entender que la supervivencia de la especie y, por tanto, de nosotros mismos, depende tanto o más del conocimiento que de la economía, quizá mucha de la sabiduría de la especie acabase por incorporarse al saber individual. |
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► Sugerencia para continuar: La razón es inútil. Fuentes:
Última actualización: 14-7-2011 |
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