El caos estructurado |
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Los humanos somos increíbles captando regularidades. Como explica Gell-Mann en The Quark and the Jaguar, los sistemas adaptativos complejos (por ejemplo, los seres humanos) identifican regularidades en los datos que reciben y los comprimen en esquemas. Como todo proceso, puede realizarse erróneamente, bien confundiendo regularidad con azar o lo contrario. Por ello es lógico pensar que los sistemas adaptativos complejos hayan evolucionado hacia una situación de equilibrio en la que el reconocimiento correcto de regularidades se vea acompañado por las dos clases de errores. Podemos identificar estos dos errores con la superstición y el escepticismo. El escepticismo generalizado es tremendamente pernicioso, pues imposibilita el aprendizaje al convertir el mundo en un caos incomprensible en el que nada podemos prever, ni perjuicios ni beneficios. Y la superstición no es mejor, pues nos lleva a ver reglas donde no las hay, a condicionar nuestro comportamiento según unas previsiones que sencillamente no se van a cumplir. El típico comportamiento escéptico es el de aquel que para negar un fenómeno dice aquello de “no veo cómo puede ser eso posible”. Que la imaginación o los conocimientos de uno tengan sus limitaciones no es siempre un pecado. El mal está en confundir nuestra carencia con la imposibilidad real del fenómeno. Vamos, que porque uno sea incapaz de imaginar algo no por eso va a dejar de ser posible. También caer en la superstición es más fácil de lo que parece. No se trata de que creamos que ver a un gato negro cruzarse en nuestro camino nos vaya a traer mala suerte: la sinrazón puede capturarnos más sutilmente. A todos nos ha ocurrido en alguna ocasión el siguiente y peculiar fenómeno: nunca hemos oído hablar de alguien hasta que un amigo nos lo menciona o hasta que oímos su nombre en una noticia llamativa. Entonces, como por arte de magia, nos encontremos con el dichoso personaje en todos los sitios: lo oímos en la radio, es citado en un libro, alguien le menciona, sale en la televisión... Nos sentimos perplejos, desconcertados, y empezamos a hablar de casualidad, la auténtica antesala de la superstición. Pero todo tiene explicación: sencillamente nuestro cerebro, que constantemente está filtrando la información que captamos para eliminar aquello que no interesa y ahorrárselo al consciente, hasta ese momento nos había evitado todo lo referente a un personaje que nunca había llamado nuestra atención y que por tanto nos era absolutamente indiferente. A partir del instante en el que tomamos conciencia de su existencia la situación cambia radicalmente, el personaje pasa a ser importante y el cerebro empieza a comunicarnos cuanto recibe relacionado con la persona en cuestión por si fuese relevante. Veamos otro ejemplo, ahora matemático: el número 31 es primo. Y el 331. Y el 3331. Al igual que lo son los números 33331, 333331, 3333331 y 33333331. La regla es obvia, ¿verdad? Pues puede parecer obvia, pero es falsa: el 333333331 no es primo. Las casualidades existen. Pero no son productos de ninguna clase de agente extraño y misterioso. Sencillamente, nuestro cerebro selecciona de entre la plétora de fenómenos que observa a su alrededor aquellos que presentan regularidades. Podemos ver aparecer en una pantalla miles de números sin inmutarnos, pero no podremos evitar incorporarnos cuando aparezcan cinco seises seguidos. A lo largo del día montañas de nombres, imágenes, datos numéricos y pequeñas historias cruzan a cientos nuestra mente sin que les prestemos la más mínima atención. Pero cuando dos sucesos parecen relacionados, cuando dos rostros encajan, o cuando un nombre se repite, todas las alarmas empiezan a sonar y nuestra atención se focaliza en ellos y empieza a buscar desesperadamente la conexión. Es un mecanismo útil, tremendamente eficiente, y una de las máximas habilidades de los seres humanos. Pero, como todo, tiene su lado oscuro, que aparece cuando al no encontrar causas naturales a lo observado invocamos causas sobrenaturales. La ciencia se mueve precisamente en la difícil frontera entre el escepticismo y la superstición, siempre intentando distinguir la casualidad de la regla, pero procurando al tiempo no perder tampoco regularidad alguna por un exceso de escepticismo. De hecho, en multitud de ocasiones ha caído en uno u otro error, aunque su carácter colectivo ayuda a superarlos, pues siempre hay alguien que llena los huecos dejados por un investigador demasiado tímido o alguien que crítica y limita los excesos de otro demasiado optimista. No hay recetas para evitarnos los tropiezos, pero sí actitudes que nos pueden ayudar: una de ellas es evitar los dogmas. Otra, ser despiadadamente crítico con las ideas, especialmente con las propias. Una tercera es aprender todo lo posible. Se puede pensar que superstición y escepticismo son errores del mismo calibre, pero yo pienso, quizá influido por la edad, que no. Desde luego es malo ser escéptico, pero peor es ser supersticioso, porque los primeros suelen ir por libre, mientras que los segundos se juntan, forman iglesias e intentan venderte cosas. |
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► Sugerencia para continuar: Relativismo y escepticismo absolutos. Fuentes:
Última actualización: 16-1-2011 |
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