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Einstein, dios y el argumento de autoridad

Einstein es uno de los grandes personajes de la historia. Su fama transcendió el ámbito de la física y su imagen se convirtió en un icono reconocible por todos. Consecuencia de esta fama es la repercusión de cada una de sus palabras, fuesen relativas a la física o cualquier otro tema.

El argumento de autoridad es aquel argumento, copio del DRAE, “que se funda en el prestigio y crédito de otra persona, en lugar de recurrir a hechos o razones”. Que no se trata en realidad de un argumento es obvio, porque hasta los más listos se equivocan, en especial cuando hablan de asuntos ajenos a su especialidad.

Pero hay más razones para cuestionarlo: a lo largo de la vida, es frecuente, y hasta sano, que un mismo autor emita afirmaciones contradictorias. También es cierto que una misma frase, sacada de contexto, pueda servir para apoyar algo y su contrario. Y también lo es que muchas afirmaciones han venido condicionadas por el momento histórico en el que se emitieron, que es una forma suave de decir que los poderosos tienen la costumbre de decirle a los pensadores lo que tienen que decir. Y se da el caso, nada infrecuente, de que el autor en cuestión ni siquiera dijese lo que se dice que dijo.

Sin embargo, esto no quiere decir que las opiniones de los grandes personajes no tengan importancia. Encontrar ideas inteligentes no es fácil, pero la probabilidad de hacerlo aumenta si las ideas provienen de gente inteligente. Además, conocer las opiniones e ideas de un personaje ayuda a conocer mejor al personaje y a entender mejor su obra. Por eso no hay que descartar su estudio, aunque, eso sí, hay que intentar ser riguroso.

En este sentido, el caso de Einstein es particularmente llamativo. Dada su inmensa fama y su reconocida categoría intelectual, todo el mundo le ha querido tener de su lado, y así le encontramos defendiendo todas las ideas del mundo, y sus contrarias (alguien bromeó una vez diciendo que Einstein no tuvo tiempo material de decir todo lo que se le atribuye).

Un ejemplo es el asunto de su creencia en dios (y por dios me refiero al dios personal de las religiones monoteístas). Einstein se declaró en muchas ocasiones religioso, y hasta dijo que “Dios no juega a los dados”, lo cual es más que suficiente para que los creyentes le consideren uno de los suyos.

Sin embargo, está claro que no es suficiente. En primer lugar porque, pese a lo que opinan los creyentes de las religiones monoteístas, hay muchas más formas de ser religioso que la suya. En segundo lugar, porque una frase sacada de contexto no sirve para nada que no sea poner una cita ocurrente en algún trabajo. ¿Entonces? La solución al problema nos la da Paul Erdös, extraordinario matemático y extraordinario personaje, quien, en cierta ocasión, afirmó: “Definitivamente, Einstein no cree en un Dios personal”. Vale, esto está muy bien, pero, ¿cómo sabía Erdös eso? Él mismo nos lo explica: “Lo sé porque se lo pregunté”.

Lo interesante del asunto no es que Erdös dijese esto o aquello, porque nos encontraríamos otra vez ante el argumento de autoridad, esta vez aplicado a las creencias del propio Einstein. Lo realmente interesante es que Erdös nos dice cuál es la mejor manera de conocer los pensamientos de alguien: preguntarle directamente. Naturalmente, esto puede ser un problema, en especial cuando la persona a la que desearíamos preguntar está muerta. Por fortuna, desde hace cinco mil años los humanos disponemos de un método para fijar y transmitir nuestros pensamientos, a saber, la escritura. Es cierto que no le podemos preguntar a Einstein sobre sus creencias religiosas, pero lo que sí podemos es leer sus escritos. Afortunadamente para el caso que nos ocupa, Einstein no solo escribió sobre física, sino que también plasmó en algunos textos su visión del mundo. En concreto, en un libro titulado, precisamente, Mi visión del mundo, aparece las siguientes reflexiones:

“El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir. Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de la ciencia verdaderos. Quien no la conoce, quien no puede asombrarse ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han extinguido.

“Esta experiencia de los misterioso -aunque mezclada de temor- ha generado también la religión. Pero la verdadera religiosidad es saber de esta Existencia impenetrable para nosotros, saber que hay manifestaciones de la Razón más profunda y de la Belleza más resplandeciente sólo asequibles en su forma más elemental para el intelecto.

“En ese sentido, y solo en éste, pertenezco a los hombres profundamente religiosos. Un Dios que recompense y castigue a seres creados por él mismo que, en otras palabras, tenga voluntad semejante a la nuestra, me resulta imposible de imaginar. Tampoco quiero ni puedo pensar que el individuo sobreviva a su muerte corporal, que las almas débiles alimenten esos pensamientos por miedo, o por un ridículo egoísmo. A mí me basta con el misterio de la eternidad de la Vida, con el presentimiento y la conciencia de la construcción prodigiosa de lo existente, con la honesta aspiración de comprender hasta la mínima parte de razón que podamos discernir en la obra de la Naturaleza.”  

En cuanto a la frase “Dios no juega a los dados”, es algo que le dijo Einstein a Bohr cuando se encontraron en las conferencias Solvay de 1927. Lo gracioso del asunto es que ni siquiera estaban hablando de religión, sino del principio de incertidumbre de Heisenberg. La mecánica cuántica, en su interpretación de Copenhague, defendía un azar esencial en los procesos cuánticos que Einstein, firme defensor del determinismo físico, no podía aceptar. Vamos, que hablaban de ciencia, y utilizaban dios como metáfora de las leyes de la naturaleza.  

Son muchas las ocasiones en las que Eisntein utilizó el término dios en este sentido, y son estas las frases que circulan por las infinitas colecciones de citas que inundan hoy día la red y en las que, casi nunca, se cita ninguna fuente. Pero también son muchos, afortunadamente, los textos del propio Einstein en los que explicita su concepción religiosa, por lo que no hay por qué inventar nada: se buscan los textos y se leen. Listo.

 Es hora de sacar conclusiones:

  1. Einstein no creía en ningún dios personal. ¿Cómo lo sé? Pues lo sé porque lo dejó escrito.
  2. ¿Demuestra algo que Einstein no creyese en dios? No, no demuestra nada, aunque leer sus escritos al respecto es muy interesante, incluso no estando de acuerdo con él.
  3. ¿Se puede utilizar el argumento de autoridad? Dado que no es un argumento, no tiene demasiado sentido. Lo que sí lo tiene es conocer las razones, que no las opiniones, de todo el mundo. Una mera afirmación, la enuncie quien la enuncie, no vale para nada si no está justificada.
  4. ¿Y qué pasa con las citas? Pues que son geniales: resultan divertidas, estimulantes, son como chispazos que activan la mente. Pero nada más. Solo el contexto, el desarrollo de la idea e, insisto, su justificación, permiten ir más allá.

Al releer lo escrito observo que está lleno de perogrulladas. Lo triste es que, a estas alturas, siga siendo necesario repetirlas.


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► Sugerencia para continuar: No existe un dios omnisciente, omnipotente y absolutamente bondadoso.

Fuentes:

  • De la vida y figura de Paul Erdös podemos saber gracias a la biografía que hizo del personaje Paul Hoffman titulada The Man Who Loved Only Numbers.
  • Escritos de Albert Einstein acerca de temas ajenos al mundo de la física podemos encontrarlos en los libros Mi visión del mundo y Notas autobiográficas.
  • En http://matap.dmae.upm.es/iconos/2008/12/solvay-1927/ se puede ver una fotografía impresionante de los asistentes a las conferencias Solvay de 1927.

Última actualización: 17-8-2011


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