Números del 20 al 29 de Epsilones - Herramientas para navegar y eso


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Epsilones nº 20 (28-2-2004)


Hola:

Es esta una edición de Epsilones literaria, paradójica y humorística, una edición llena de infinitos: espero que os guste.

El cuaderno rojo: Sospecha.

Imágenes:

Textos:

Actividades:

Navegación:

Casi todo el material proviene de ellos, así que esta vez más que nunca quiero dar las gracias a cuantos colaboran con Epsilones.

Salud.

Alberto.


El cuaderno rojo:

Sospecha

Las personas, por lo general, no creemos ser manejadas por nadie. No tenemos ninguna dificultad en creer que familiares, parejas, políticos, periodistas o publicistas sean capaces de “comerle el coco” a los demás, pero no a nosotros, pues estamos convencidos de tener muy claro lo que somos, lo que queremos, lo que pensamos, y por qué.

Naturalmente, esto es una estupidez. En primer lugar por pensar que uno es distinto de los demás y que está a salvo de las influencias externas; pero, sobre todo, por creer que no necesitamos de esas influencias, cuando en realidad lo que somos es producto de procesos de nombres tales como educación, socialización, amistad, amor, procesos que consisten, fundamentalmente, en experimentar la influencia de los otros.

Este error proviene en buena medida de la arraigada creencia en el yo, en una entidad sólida, inmutable y permanente en la que imaginamos reside nuestra esencia. Para ver el absurdo de tal creencia basta pensar en qué tiene que ver lo que uno es a los cinco años, con lo que es a los quince o a los treinta, o en el hecho de que las células que nos formaron y las que nos forman unos años después no son las mismas.

Esta forma de orgullo tiene su origen en la ilusión de continuidad que producen los recuerdos, esas débiles imágenes mentales que nos hacen creer que nosotros estuvimos allí y que algo, nuestro yo, ha estado viajando en el tiempo sin experimentar alteración desde entonces hasta ahora.

Pero nada más lejos de la realidad. Por el contrario, somos los humanos entidades tremendamente flexibles que viven en permanente cambio con la finalidad de adaptarse al medio en el que se desenvuelven. ¿Y que utilizamos para esa tarea de adaptación? Pues algunos mecanismos o tendencias generales innatas y la información que recibimos del exterior.

Y aquí viene el problema, pues a la hora de asimilar, de aprender, de imitar, ¿cómo sabemos si lo que vemos es cierto o no, si es un reflejo más o menos fiel de la realidad o si, por el contrario, es una ficción interesadamente creada para engañarnos?

Identificar, discriminar, ese el gran reto de todo sistema de información, y los humanos no somos más que eso, extraordinarios sistemas de información. Se trata de un problema en principio sin solución: para saber si el paquete nos interesa tenemos que abrirlo, pero una vez abierto puede ser demasiado tarde. Y eso sin considerar el problema añadido de la sobreabundancia de información, plétora que a menudo solo sirve para restarle valor a lo realmente interesante.

Pero hay que vivir, lo que nos obliga a afrontar el problema. Pienso que la única manera de hacerlo es, por un lado, ampliar lo más posible nuestras fuentes de información y, por otro, sospechar de cuanta información recibamos.

La realidad es poliédrica y fractal, compleja, repleta de aspectos y matices, por lo que solo aproximándonos a ella desde la mayor cantidad de facetas posible podemos aspirar a hacernos una leve idea de lo que ocurre. Por el contrario, si nos limitamos a un único punto de vista, a un solo informador, a una única disciplina o hipótesis, a una creencia, no comprenderemos nada.

El movimiento expansivo que acabo de describir debe ser compensado por un proceso de selección, de criba: se trata de la sospecha aplicada a todo cuanto se nos dice, incluido cuanto nos decimos a nosotros mismos. La sospecha es preguntarse por lo que hay debajo de cada pretendida información, es preguntarse a quién beneficia cada tradición, cada política, cada pensamiento.

Y quiero insistir en la sospecha de las propias ideas, pues uno se puede llevar auténticas sorpresas cuando descubre que algo que creía no le beneficia a él sino a otros. Para empezar, y a modo de práctica, propongo que nos preguntemos a quién beneficia creernos libres, o que no nos interese la política, o que creamos en Dios, o que nos sintamos inseguros en las ciudades, o que creamos que todo tiene solución, o que pensemos que cada uno tiene lo que se merece, o que queramos pagar menos impuestos, o que vivamos por y para el fútbol, o los coches, o las casas, o el dinero...



Epsilones nº 21 (30-3-2004)


Hola a todos:

A los madrileños nos ha costado 190 muertos y miles de heridos entender cómo es la vida en tantos otros lugares del planeta: de esto hablo en Terror.

Hace poco leía que las matemáticas son el único lenguaje universalmente aceptado. Puede ser. En cualquier caso, vamos a ellas:

Imágenes:

Textos:

Problemas:

Espero que os hayáis divertido: yo lo he hecho: es algo que intento hacer pase lo que pase. Gracias a todos, seáis colaboradores, visitantes habituales o solo casuales, y hasta otra.

Alberto.


El cuaderno rojo:

Terror

Hace tres días unos asesinos mataron en Madrid a doscientas personas y destrozaron la vida de muchísimas más.

Acciones de esta extrema crueldad generan en la gente intensos sentimientos de dolor, odio, humillación, miedo e incomprensión. Como ya ocurrió tras los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos, la gente se pregunta de nuevo “¿por qué?, ¿por qué este horror?”.

Cuando uno intenta dar contestación a esta pregunta muchos tienden a creer, otros solo simulan creerlo, que se están intentando justificar estos actos. Pero no es cierto. En cualquier caso, y para que no haya dudas, explicito lo que debería ser obvio: el asesinato no tiene justificación. Nunca.

Sin embargo sí tiene causas. A veces, cuando uno oye hablar a algunos políticos, parece que los terroristas son encarnaciones de fuerzas oscuras enviados por el Diablo para hacer daño, lo cual resulta, cuando menos, desconcertante. ¿Por qué lo hacen?, ¿qué ganan con ello?

Aquí de nuevo, para poder responder, hay que hacer una distinción, en este caso entre los dirigentes y los ejecutantes. Los dirigentes, aquellos que manejan dinero e influencias, aquellos que diseñan estrategias y objetivos, buscan el poder. Con las acciones terroristas intentan desestabilizar sistemas, cambiar regímenes, debilitar el poder establecido para acrecentar el suyo.

Otra cosa son los ejecutantes, los que realmente cometen los actos violentos. Los estados democráticos insisten una y otra vez en describirlos como seres sin escrúpulos llenos de maldad. Sin embargo, para ellos mismos y para su entorno, son héroes, defensores de la verdad, de la justicia, del bien.

Naturalmente, no lo son. Nadie que sea capaz de matar a otros lo es. Pero esto no anula el hecho de que ellos, y los suyos, se vean como héroes. ¿Cómo es esto posible? Al intentar responder a esta pregunta llegamos a la raíz del mal: el mundo es terriblemente injusto. Los desequilibrios entre hemisferios, países, clases sociales, son abismales. El hambre, la enfermedad y la guerra forman parte de la cotidianidad de buena parte de la humanidad. La desesperación y la ignorancia marcan la visión del mundo de miles de millones de nuestros congéneres. Para muchos de ellos no hay nada que perder. En semejante caldo de cultivo, ¿es de extrañar que se unan a grupos que les ofrecen un futuro heroico para ellos y el bienestar para los suyos? ¿Es extraño que se dejen engañar?

Cuando algo terrible ocurre los humanos necesitamos encontrar culpables a los que castigar para recuperar algo del equilibrio emocional perdido. Normalmente la ira de los afectados recae sobre quienes cometen directamente los atentados. Algunos son capaces de mirar algo más lejos y responsabilizar a los cabecillas, a los “teóricos”, a los organizadores.

Pero hay más. Están los políticos que no explican en qué se basa la prosperidad que disfrutamos en occidente. Están los que dicen buscar la paz bombardeando a gente inocente. Están los que distinguen entre la violencia ejercida por los demás y la que ejercen ellos. Están, en resumen, los que distinguen entre los muertos de allí y los muertos de aquí.

Pero hay más. Vivimos en un mundo globalizado en el que todo circula con gran facilidad: mercancías, influencias, capitales. Y también la información. Hace unas décadas todavía se podía ser inocente, todavía se podía ignorar lo que ocurría “allende las fronteras”. Pero hoy no. Hoy sabemos, o podemos saber, en tiempo real, lo que ocurre en cualquier lugar del mundo. Desde una furgoneta equipada con una antena parabólica se retransmite vía satélite al resto del mundo lo que ocurre en la más pequeña aldea del último rincón del globo. Luego no tenemos excusa. Si no sabemos es porque no queremos saber. Si no sabemos de dónde proviene la riqueza de nuestras grandes empresas, si no sabemos por qué son tan baratos los productos que consumimos, si no sabemos por qué los habitantes de países con increíbles recursos económicos viven en la más absoluta miseria es porque no queremos. Y eso nos hace responsables a todos.

Hace tres días unos asesinos mataron en Madrid a doscientas personas y destrozaron la vida de muchísimas más. Y sembraron la inquietud y la incertidumbre en la práctica totalidad de la población. De repente el mundo no es un lugar seguro para vivir. De repente descubrimos que el caos puede enseñorearse sobre la vida sin avisar. De repente tomamos conciencia de lo precario de este equilibrio que creíamos poseer y merecer. De repente tomamos conciencia de lo fácilmente que nuestros proyectos más queridos, empezando por nuestra propia vida o la de aquellos que más queremos, pueden verse truncados.

De otra manera: el terrorismo hace que sintamos en nuestras carnes cómo es la vida de los otros. Porque eso es lo realmente terrible: que una buena parte de la gente del planeta viva esa incertidumbre cada uno de los instantes de su existencia.



Epsilones nº 22 (29-4-2004)


Hola de nuevo:

Pienso que solo se pueden tener "firmes convicciones" si no se ha meditado lo suficiente. Por eso he escrito un pequeño editorial titulado Aprendamos y cambiemos.

Lo que sí me interesan son las buenas ideas, aunque sean provisionales. En esta edición de Epsilones se puede encontrar una pequeña pero interesante colección de ellas:

Artes:

Historia:

Literatura y viajes:

Humor:

Navegación:

Esto es todo. Gracias a todos los que visitan Epsilones, y en especial a los que con sus colaboraciones posibilitan que este invento siga adelante.

Salud,

Alberto.


El cuaderno rojo:

Aprendamos y cambiemos

Solo hay algo peor que no cambiar, y es no querer cambiar. Es triste ver como mucha gente considera una cuestión de honor mantener las posiciones propias contra viento y marea y rechaza las ideas ajenas por la simple razón de que no son suyas.

Para estos, los debates son combates, y las argumentaciones, proyectiles. Para estos la finalidad del diálogo no es llegar a acuerdos, o mejorar el entendimiento o la comprensión de las situaciones, sino demostrar quién es más fuerte. Para estos, decir “tienes razón” es una auténtica humillación.

Desde luego, gente así no me interesa. No quiero perder el tiempo en luchas sin sentido. No quiero perder el tiempo con gente que no esté dispuesta a cambiar, con gente para la que las palabras no son más que armas arrojadizas. A lo largo del tiempo he cambiado mi forma de pensar acerca de montones de cuestiones esenciales (y de las otras) más veces de las que puedo recordar, y la verdad es que me siento orgulloso de ello. De hecho, es de lo único de lo que me siento realmente orgulloso. Quizá otros piensen que esto es signo de debilidad de carácter. Pues bien: quien piense eso no me interesa.

Si el arte, la literatura, la ciencia o la filosofía tienen algún sentido es ayudarnos a cambiar. Una película, una pieza musical o una conversación tendrán valor si consiguen provocar o intensificar una emoción o un pensamiento, si son capaces de que no salgamos inalterados de la experiencia.

Naturalmente que hay gente que intentará engañarnos y modificar nuestros pensamientos y comportamientos para su propio beneficio. Pero la forma de defenderse contra tales ataques no consiste en negarse al cambio por definición, sino en afinar el espíritu crítico, la capacidad de análisis, el espíritu de sospecha.

Hay toda una mitología alrededor del “ser uno mismo” justificada en parte por ese miedo a las “malas influencias”. Pero “ser uno mismo” puede ser la peor de las estrategias si significa acorazarse contra todo lo que viene de fuera.

Aprender significa cambiar.

Aprendamos y cambiemos.



Epsilones nº 23 (30-5-2004)


Hola a todos:

En el El cuaderno rojo he incluido esta vez un poema, aunque realmente parece un cuento, o quizá más bien una historia para un teatrillo de giñol. Bueno, no sé muy bien, la verdad. Se titula El titiritero absurdo.

Tres nuevas "cajitas grises" hablan del genial Pierre de Fermat: en primer lugar tenemos su retrato y una breve reseña de sus logros más importantes; después, como no podía ser de otra manera, se cuenta la famosa anécdota acerca de la demostración de su último teorema; finalmente, en la sección trekkie, se cita el episodio The Next Generation #138: The Royale, donde el mito viaja a las estrellas.

Hay más cosas, que paso a enumerar:

Agradeciéndole su colaboración a los que han aportado su sapiencia a Epsilones, me despido hasta la próxima: abur.

Alberto.


El cuaderno rojo:

El titiritero absurdo

El titiritero absurdo,
deseoso de aplausos,
construyó marionetas
con manos para el aplauso
y después les escribió historias
en las que le olvidaban,
a él,
al titiritero absurdo,
y llenaban el teatrillo de ofensas,
palos
y dolor.

El titiritero absurdo,
ciego de ira,
incendió el teatrillo
y dejó que las llamas prendiesen
en los hilos resecos
y la carcoma mordiese
los duros cuerpos
de sus marionetas.

El titiritero absurdo,
en posmoderno arrebato,
escribió historias repletas de títeres
que escribían historias
repletas de titiriteros absurdos
por los que luchaban a palos
mientras sus hilos se enmarañaban
inextricables.

Un día,
el titiritero absurdo,
aburrido de tantos titiriteros absurdos,
construyo una marioneta
a imagen de su hijo absurdo
para que le diesen de palos
y así conseguir por fin
los aplausos que
aunque vicarios
siempre soñó
de sus absurdos
muñecos.

Esta mañana he leído
que el titiritero murió,
aunque no así el absurdo.

Quizá por eso sus marionetas
sigan aplaudiendo.

Y dándose de palos.



Epsilones nº 24 (3-7-2004)


Hola:

Dos años lleva ya Epsilones danzando por la red. Para conmemorar tan magno evento he vuelto a cambiar la portada y a reorganizar las secciones.

En El cuaderno rojo me ha dado esta vez por hablar de Los Reyes Magos y el sentido de la vida.

Además, puedes encontrar los siguientes nuevos asuntos:

Como siempre, termino dándole las gracias por su inestimable colaboración a todos los que han colaborado en este número.

Espero que os haya gustado. Abur.

Alberto.


El cuaderno rojo:

Los Reyes Magos y el sentido de la vida

El éxito de una mentira depende de varios factores, entre los cuales no es el menos importante su improbabilidad. En el caso de la creencia en los Reyes Magos es además decisivo lo útil que resulta para varias instituciones y colectivos.

A los padres, por ejemplo, les viene de perlas lo de los Magos de Oriente, porque así pueden hacer regalos a sus queridos vástagos y disfrutar de sus caritas de placer sin necesidad de afrontar ninguna responsabilidad: si los juguetes no son los deseados o si, como ocurre indefectiblemente, son peores que los del vecino rico del cuarto, es cosa de Sus Majestades los Reyes.

También tienen, cómo no, una finalidad teológica: si queremos que el humano adulto sea capaz de creer en la existencia de seres fantásticos y en sus arbitrariedades, nada mejor que irle acostumbrando desde niño. Si además asociamos con dichos seres fantásticos el buen rollito de los regalos, pues mejor que mejor. Esto también es beneficioso para los dirigentes económicos y políticos, pues tras varios años de vivir apasionadamente lo de la Epifanía no habrá ningún problema en creerse lo de la autorregulación del mercado, lo de la mano invisible, lo de la vocación de servicio y cuanta superchería quieran contarnos, además de estar perfectamente preparados para asumir las decisiones “que vienen de arriba” sin más cuestionamiento.

Sin embargo, nada es perfecto, y la leyenda que nos ocupa no es un excepción: tiene sus riesgos. Estos surgen en el momento en que el niño descubre la verdad. El instante de la revelación de la verdad es sin duda uno de los más importantes de la vida de un individuo, pues según como ocurra le va a decantar por uno u otro de los dos tipos humanos universales: el de los crédulos o el de los escépticos.

He de confesar que no sé con precisión de qué depende que ocurra una cosa o la otra: la edad a la que se hace el descubrimiento o la persona que nos lo revela seguro que influyen. Pero también elementos mucho más sutiles como el especial estado de ánimo en el que se encuentre el individuo pueden inclinar la delicada balanza en un sentido u otro. En cualquier caso, lo cierto es que para unos es algo que se vive con naturalidad, sin traumas, incluso como un rito de paso hacia una nueva época de la vida. Para otros, por el contrario, supone la refutación o, al menos, el cuestionamiento de todo el sistema. “Si me han mentido en esto”, se dice esta otra clase de humanos, a menudo con los ojos ligeramente humedecidos, “¿en cuántas cosas más lo habrán hecho?”.

Esta pregunta es solo el preludio de todo un largo y espinoso proceso de revisión en el que el desengañado se obliga a sí mismo a enfrentarse a lo que hasta ese momento creía los fundamentos de su vida: los Reyes Magos, Blancanieves y sus amigos, los niños y la cigüeña, Dios..., todo lo que daba orden y sentido a su existencia muestra su falsedad ante la mirada atónita del ya para siempre escéptico convencido, que mientras ve cómo desaparece el suelo bajo sus pies no puede evitar, aunque le pese, plantearse la gran pregunta: “¿cuál es el sentido de la vida?”.

Nota: ante algunos comentarios recibidos, me gustaría pedir a los críticos que, al menos, intentasen captar la fina ironía del texto.



Epsilones nº 25 (15-9-2004)


Hola a todos:

De vez en cuando llegan a Epsilones mensajes en los que se toca de un modo más o menos directo el tema de lo sagrado, la mística, los planos superiores del ser y otras zarandajas. Para que mi posición al respecto quede clara (yo pensaba que ya lo estaba) he decidido escribir unos articulitos sobre la cosa de la divinidad. El primero de ellos se titula Demostración de la inexistencia de dios.

El resto de los contenidos de este número son los siguientes:

Como se puede ver hay un poco de todo, o casi, por lo que supongo que os gustará. Si es así, se deberá al buen hacer de los colaboradores de Epsilones.

Alberto.


El cuaderno rojo:

Demostración de la inexistencia de dios

He de reconocer que el título de este texto es algo exagerado, pues lo único que voy a demostrar es que no existe un ser omnipotente, omnisciente y todo bondad, mientras que nada diré acerca de la posible existencia de dioses incapaces, malvados o idiotas.

Hay cosas que son más difíciles de probar que otras. Por ejemplo, probar que hay ovejas cuya lana es naturalmente negra es muy sencillo, pues basta encontrar al menos una. Sin embargo, probar que no hay ovejas cuya lana sea naturalmente verde es tremendamente difícil, porque para ello deberíamos revisar todas las ovejas del mundo y estar seguros de que no nos hemos dejado ninguna.

Afortunadamente, en algunos casos disponemos de una alternativa, y es demostrar la imposibilidad logica del objeto en cuestión: podría ser que un estudio de los genes de las ovejas nos permitiese asegurar que ninguna combinación de alelos puede dar lugar a lana verde. Si esto fuese así, habríamos demostrado la inexistencia de ovejas verdes sin necesidad de pasar revista a todos los rebaños del mundo.

Desgraciadamente, esto no siempre es posible. Pongamos por caso que queremos probar la inexistencia de los unicornios. Es cierto que se sospecha que la leyenda del unicornio proviene de la mala interpretación por parte de los griegos de ciertos bajorrelieves persas en los que un toro, visto de perfil, parecía tener un solo cuerno. Pero también es verdad que la idea de un cuadrúpedo parecido al caballo con una protuberancia córnea en la cabeza no presenta en sí ninguna dificultad, al menos hasta donde yo sé, por lo que demostrar que no existen o no han existido nunca unicornios puede ser una tarea imposible (como dirían los abogados, se trata de una prueba diabólica).

Pues bien, y volviendo al caso que nos ocupa, que recuerdo es la no existencia de un ser omnisciente, omnipotente y todo bondad, resulta que demostrar su imposibilidad lógica es muy sencillo. Veámoslo:

Si es omnisciente, sabe lo que pasa en el mundo (entre otras cosas, guerras, hambre, torturas, desastres naturales, dolor...). Si es todo bondad, no querrá que gente inocente sufra. Si es omnipotente, no permitirá que ocurra. Pero lo cierto es hay las guerras, y hambre, y torturas, y desastres naturales y, por tanto, gente inocente que sufre y, sin embargo, ningún ser sobrenatural lo impide. Conclusión: alguna de las hipótesis de partida no se cumple, de modo que el dios en el que habitualmente se piensa cuando se dice “Dios” no existe, pues o no es todopoderoso, o no es omnisciente o no es todo bondad.

Sé que muchas personas se verán ofendidas tanto por la conclusión como por la insultante sencillez del argumento, pero yo les rogaría que fuesen honestos con ellos mismos y se esforzasen por entenderlo. Si no es correcto, que todo es posible, no hay problema. Pero si es correcto, no tomarlo en consideración sería dejarse llevar por la irracionalidad y los prejuicios.

El tema de la divinidad evidentemente no se acaba aquí. Se puede poner en cuestión el argumento. Se puede defender otro tipo de divinidad. Se puede renegar de la lógica. Se puede pensar que lo divino escapa de las capacidades cognoscitivas del cerebro humano, como defienden los agnósticos. Se puede uno dedicar al entretenido ejercicio intelectual consistente en desmontar las pretendidas demostraciones de la existencia de dios que circulan por ahí desde hace siglos. Incluso se puede pasar sobre el asunto sin darle mayor importancia por considerarlo una especulación intelectual ociosa.

Se pueden decir muchas cosas. Pero lo que no tiene sentido es que uno se considere a sí mismo racional y sin embargo acepte una superstición heredada cuya imposibilidad lógica es demostrable. No se vive igual creyendo en Dios que no creyendo, lo cual nos obliga a tomar una decisión, aunque esta sea provisional (como lo es todo, por otra parte).

El que esta decisión sea racional o no depende únicamente de la voluntad de cada uno. Ahora bien: si nos concedemos el derecho a ser irracionales, al mismo tiempo se lo estamos concediento a los demás, por lo que nuestra elección lo es en realidad entre un mundo de racionalidad o uno de irracionalidad. Creo que merece la pena pensar en las consecuencias.



Epsilones nº 26 (31-10-2004)


Hola:

¿Ofenden tu inteligencia adivinos, sacerdotes, mediums, abducidos, misticomagos, psicogeómetras, iluminados, profetas, creacionistas, milenaristas, alquimistas, telequinéticos, cabalistas, postestructuralistas y demás falsarios y cantamañanas?

A mí sí. Por eso en Epsilones cabe la imaginación, pero no la superstición. Para incidir en el asunto he escrito un pequeño texto titulado No todas las metáforas son iguales.

Temas completamente nuevos son los siguientes:

Otras novedades de esta edición vienen a ampliar temas ya tratatados. Es el caso de:

Para terminar, lo más importante de Epsilones: los chistes:

Creo sinceramente que gracias a la colaboración del personal esta edición de Epsilones es realmente divertida. Espero que os guste.

Salud,

Alberto.


El cuaderno rojo:

No todas las metáforas son iguales

George Steiner, en su Nostalgia del Absoluto (1974), escribió:

“... el hecho general es claro: en términos de dinero y gasto, del número de hombres y mujeres implicados en mayor o menor grado, en términos de la literatura generada y de las ramificaciones institucionales, nuestro clima psicológico y social es el más infectado por la superstición y el irracionalismo de todo tipo desde el declinar de la Edad Media y, quizás, incluso desde la crisis del mundo helenístico.”

Este hecho, del que la proliferación de horóscopos, adivinos, sectas y doctrinas New Wave de toda índole son solo una muestra, se ve potenciado en las últimas décadas por el relativismo cultural que, partiendo de Levy-Strauss y Feyerabend, han adoptado por bandera postestructuralistas y posmodernos en general.

Yo, particularmente, ni creo en certidumbres ni creo que la ciencia proporcione una descripción fiel de cómo es exactamente la realidad. Tampoco tengo nada claro qué es eso a lo que llamamos realidad. Sin embargo, igual que unas metáforas son mejores que otras, también creo que unos modelos de la realidad son mejores que otros.

La cuestión siguiente es, necesariamente, explicitar qué criterios me permiten establecer una jerarquía de modelos. En primer lugar, le pido a cualquier modelo que no me haga creer en nada. Por ejemplo, la ciencia propone entidades que son creaciones humanas, en el sentido de que no tienen un referente real: cuando hablamos de fuerzas o de energías estamos hablando de ficciones útiles que nos permiten entendernos. Si embargo, no se pretende que nadie crea que las fuerzas y las energías realmente existen. Una cosa es establecer hipótesis provisionales y otra postular que se está en posesión de la verdad.

Pero hay más. Serán mejores aquellos modelos organizativos de las impresiones sensibles que sean capaces de realizar mejores predicciones. Serán mejores aquellos modelos que permitan la intersubjetividad sin necesidad de ejercicios extraordinarios de fe. Y, sobre todo, serán mejores aquellos modelos que no nos tomen por idiotas.

No se puede afirmar que algo sea cierto, pero sí que algo no lo es. Quizá esto es lo más que podemos llegar a hacer: reducir el ámbito del error.



Epsilones nº 27 (23-12-2004)


Otro solsticio, otra bonita elipse, otro viaje gratis (aunque a veces no tanto) alrededor del Sol, y aquí seguimos.

Antes de enumerar las novedades de Epsilones, quiero mencionar que un conspicuo colaborador de estas páginas, Vicente Meavilla Seguí, ha editado un nuevo libro, Figuras Imposibles. Geometría para Heterodoxos, didáctico y hermoso libro en el que aparece, además, una pequeña colaboración de un servidor.

En cuanto a esta edición, pues se pueden encontrar las aburridas cosas de siempre: abejas que saben geometría, interiores que son exteriores, anamorfosis en tres dimensiones, Einstein preguntando la hora, la "condecoración" Moebius...

Imágenes:

Textos:

Problemas:

Correo:

Bueno, yo creo que no está mal, aunque cada uno es muy libre (o debería) de pensar lo que quiera. Gracias de veras a todos los que ha colaborado en esta edición. Y a todos por aparecer por aquí. La próxima vez que Epsilones se actualice será en el 2005, año mundial de la física. Algo habrá que hacer, digo yo.

Salud,

Alberto.



Epsilones nº 28 (19 - 2 - 2005)


Hola a todos:

En esta edición de Epsilones unos cuantos temas acaparan los contenidos.

Para empezar, un pequeño homenaje a mi tocayo más ilustre en el centenario de su año maravilloso: Albert Einstein. No por nada en este año 2005 se celebra el año mundial de la física.

Otro asunto es la ciudad de Berlín, la cual un servidor ha tenido la oportunidad de visitar y disfrutar.

Una pequeña muestra de pintura geométrica presenta la obra de tres de los grandes: Malevich, Lissitzky y Zóbel.

El humor no puede faltar en Epsilones (de eso se encargan los colaboradores y las anécdotas extraídas de un libro interesante: Big Bang, de Simon Singh).

Los logaritmos y las exponenciales también tienen su lugar:

Lo sorprendente es que aún hay más:

Bueno, no ha estado mal. Gracias a todos los que ha colaborado, y salud, que nos va a hacer falta.

Alberto.



Epsilones nº 29 (20 - 4 - 2005)


Hola a todos:

Es esta una edición en blanco y negro. En sepia, a lo sumo. Bueno, y con algún toque de azul. Pero no tiene nada de seria. Por el contrario, es bastante intrascendente. Esto último quizá se deba a que en los últimos meses he recibido mensajes acerca de "otra" demostración del teorema de Fermat; de un método para cuadrar el círculo; de una fórmula para enteros que "hara vibrar a la comunidad matematica"; y me han pedido información sobre dónde comprar los instrumentos necesarios para hacer alquimia "sin que cueste mucho dinero". Ante todo esto es difícil mantener la, por otra parte, escasa seriedad que le va quedando a uno.

Como siempre, gracias a todos los que han colaborado y hasta la próxima.

Alberto.




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Alberto Rodríguez Santos
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