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1
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cuatro teorías
El cosmos ha sido creado hace un instante.
La Tierra y los astros,
la luz y los pensamientos
y los recuerdos de tantos pensamientos,
todos,
tú y yo,
hemos sido creados hace un instante.
Pero yo no me doy cuenta
mientras contemplo
cómo los álamos incendiados
se elevan desde los barrancos
y desafían el frío azul de noviembre.
Flota mi cerebro en un gran vaso de cristal.
Está mi urna repleta de caldos nutricios
y brotan de las sinuosidades de mis hemisferios
los cables que me hablan de ti y de lo demás.
Y de mí mismo.
Pero yo no me doy cuenta
mientras contemplo sobrecogido
cómo un mar negro y silencioso
se enfurece bajo un cielo desgarrado.
El más inconcebible caos
desgobierna un universo sin símbolos.
Esto,
nuestro mundo,
todo cuanto vemos,
no es más que una burbuja de orden,
una mera casualidad.
Pero yo no me doy cuenta
mientras contemplo
cómo una luna equinoccial
sublima la nieve de los plateados cantiles.
Incontables mariposas sueñan
con una existencia humana.
Y sus sueños se entrelazan y tejen
los parcos hilos de nuestras vidas.
Pero yo no me doy cuenta
mientras contemplo
cómo la arena se hace bruma y se riza
y undívaga acaricia las gigantescas dunas
y abraza nuestros pies desnudos.
Es posible.
Pero yo no me doy cuenta.
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viento
Hace frío.
No hay ventanas ni cristales ni paredes
que impidan que el aire entre por todas partes.
La corriente se llevó el poco calor que quedaba.
Nunca sospeché que pudiese hacer tanto frío.
De joven prefería el invierno.
Disfrutaba de su tacto cortante y helado
alejado de los fuegos de campamento.
Sin embargo,
no sé,
quizá por inercia o por costumbre,
construí esta casa y la llené de retratos y cosas:
incluso disfruté del tibio placer de un baño caliente.
Y allí me instale,
en confort y compañía,
aunque antes que el rojo siempre preferí el azul
y el agua y el cielo antes que el fuego y la tierra.
Antes la plata que el oro.
Por eso estaban las ventanas abiertas.
Por eso llegaron el viento y el frío:
uno a uno los retratos se agrietaron
y las paredes bajo los retratos se agrietaron
y una a una las fui derribando
y con ellas los retratos.
Mis amigos dejaron de venir.
Preferían conservar algo de calor.
“Para el invierno”, decían.
Yo, sin embargo, rejuvenecí,
y con algo de orgullo boreal
paseaba orgulloso entre los escombros
mientras decidía qué muro sería el siguiente.
Apenas si sentía el frío.
Un día vi mi reflejo y entendí:
mi cuerpo estaba aislado,
recubierto de ropas como escamas
que eran como sonrientes retratos.
Ayer derribé el último tabique.
Solo quedan las columnas y un montón de vigas
de las que cuelgan jirones de fibras
que el viento hace restallar como látigos.
Una estructura de aire.
Anochecía cuando me desembaracé de mis ropas.
De todas y cada una.
Fue lo más duro.
Nunca sospeché que pudiese hacer tanto frío.
Nunca creí que se pudiese estar tan desnudo.
No lo podrás creer
pero tardé toda la noche en entender
que igual daba dentro que fuera.
Me han dicho que por ahí
unos tipos están aprendiendo a surcar el viento.
Y que lo hacen desnudos.
No sé:
quizá con ellos haga menos frío.
¿Vienes?
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sol
Nada hay aquí excepto significantes.
Pero yo no quiero que los animes con tus significados.
Hablan los sabios de universales,
pero solo exageran.
No hay lexicones cósmicos,
no hay modelos ni paradigmas:
solo imágenes,
imágenes arrancadas a la vida,
impresas en los registros de la memoria,
atrapadas en el incesante chisporroteo de las sinapsis.
No te confundas: no dudo que haya algo ahí fuera.
Lo que dudo es si tú has visto lo que yo.
Yo era un niño.
Allí estaba el Sol: un círculo gris en una foto en negro
y gris.
Esférico, nítido, compacto.
Frío y silencioso.
Perfecto.
No puedo evitarlo: para mí el Sol es frío. Y gris.
Aunque a veces recuerdo el disco:
ese que es como el otro pero caliente
y que un día,
desde un cielo infinitamente azul,
arrancaba brillos de los neveros de las montañas
mientras yo caminaba por un sendero encharcado y marrón.
No te confundas: sé qué es el Sol.
Lo que no sé es lo que tú sabes.
Me gustaría empaparme de tus significados.
Me gustaría prescindir del negro sobre blanco
y dejar de ser lo que sea que soy
y ser tú
y mirar a lo alto
y recordar tus recuerdos
y poder confirmarte “sí, eso es, eso es mi Sol”.
No te confundas: esto no es solo un truco.
Realmente me duelen las palabras:
por favor, dilo,
di “Sol”,
dilo una y otra vez mientras busco en tus ojos
y en tu gesto
al menos una posibilidad.
Dilo.
Me gustaría tener algo más que darte,
pero solo tengo este puñado de significantes.
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lapso
A veces no es más que una palabra.
Otras,
un gesto,
un aroma,
un momento perfecto,
una sonrisa,
alguien.
Es necesario el olvido:
sin él el hijo repugnaría a la madre,
la rosa al poeta
y el hombre al hombre.
En ocasiones es solo un sentir,
un sordo rumor,
una burbuja en la punta de la lengua,
apenas un asomo de un vestido que se escapa…
Funesto castigo recordar afilada,
precisa,
nítidamente
cada humillación, cada fracaso,
todas y cada una de las mentiras dichas,
todas las cobardías,
todos los momentos de vergüenza.
Pero también puede ser aquella canción que compusiste
aquel verano.
O la demostración irrefutable de la existencia de los olímpicos.
O el rostro que amaste en un hayedo.
O el sentido de la vida.
De tu vida.
Si haces por recordar recordarás tantos olvidos
que te sentirás perdida o sola
olvidada de ti,
incompleta,
entre rostros sin rasgos
y monocordes tarareos.
Malo es el recuerdo que resucita una y mil veces el dolor.
Y malo el olvido que remata lo que tiempo ya mató.
Pero lo terrible es olvidar que olvidaste
e imaginar un pasado que escapó,
líquidamente,
por los agujeros de la memoria,
llevándose quién sabe cuánto de ti,
llevándose quién sabe si lo mejor.
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los hombres de negro
Unos hombres de negro
han llegado a la ciudad
y dicen que dicen cosas a los niños
sobre el sentido de las cosas.
Se introducen por las puertas y ventanas
y disfrazados de hermosas palabras
susurran al oído terribles cosas
sobre el sentido de la cosas.
De rostros pálidos
y melosas maneras
predican sin pudor
la palabra,
la fe,
el dolor.
Unos hombres de negro
han llegado a la ciudad
y dicen que dicen cosas a los niños
sobre el sentido de la vida.
De olor amarillo
y aspecto anfibio
predican sin pudor
el símbolo,
el rito,
la obediencia.
No podemos dejar que los hombres de negro
ahoguen la canción de la mañana.
No podemos permitir que sus hechizos y fetiches
emponzoñen el agua clara del baño de la tarde.
Por eso os digo ciudadanos
que combatamos a los hombres de negro
y cantemos todos juntos
la canción de la nada.
¡Cantad, hombres, cantad!
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personalidades secretas
Qué tierno resulta
con su dulce inocencia
y sus falsas melancolías.
Qué duro
el tipo duro que me defiende
de un mundo que me asusta,
de unas gentes que no entiendo,
joder.
No sé quién escribe.
Creo que es ese que llora por las noches.
Aunque a veces es el otro,
el que de todos hace máscaras.
Algunos casi ni son:
como personalidades ajenas,
apenas esquemas,
como trozos muertos.
Él todo lo niega,
y se ríe de tantas palabras,
y de los otros,
y susurra obscenidades
y mira lascivo los cuerpos bajo las ropas.
El asesino es un cobarde.
El cobarde lo es por imaginación.
El alcohólico,
por aburrimiento.
Meros simulacros,
apenas si reflejo de deseos ajenos,
como ese tan educado de los domingos
o ese tan seductor junto a los acantilados.
Homúnculos.
Se creen de verdad homúnculos:
estrategias,
manojos de costumbres,
impulsos intelectualizados,
reconstrucciones racionales,
traumas sublimados.
Pero son excusas:
simples caretas que no máscaras,
simples juegos de espejos,
tú y yo que jugamos
a ser algo distinto de nada,
signo contra signo,
formas prestadas,
tan solo simetrías rotas,
la esfera perfecta que se rompe
como una cascada de cristales
que se rompen
como cristales.
Dudo mucho de mis intenciones.
Y de las tuyas al aceptarme.
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el grito
Me gustaría gritar pero no puedo.
No sé a quién.
Tras aprender la química de los sentimientos,
y desenmascarar al gen;
tras crear la psicología molecular,
y hacer público lo de Blancanieves,
¿qué queda?
Muchas cosas, me dirás:
y tendrás razón:
aún podemos salir a buscar contigüidades,
causalidades inesperadas,
patrones de regularidad sorprendentes
y ocultos allí en las dimensiones inaccesibles.
O disfrutar
de las viejas canciones
y de los colores
y las formas
y las creaciones
del azar desbocado.
Lo sé,
pero yo ahora quiero gritar.
Y hacerlo contra
replicantes y atractores
resulta patético.
Aún recuerdo aquellos tiempos
en los que odiar era sencillo.
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la de los muchos mundos
Hay una hermosa teoría,
la de “los muchos mundos”,
le dicen,
que apenas si habla del mundo,
pero habla sin duda de ti.
Hubo hombres que creyeron en la libertad.
También los hubo que lloraron ante las encrucijadas.
Los hubo, incluso, que ante la duda aprendieron a soñar,
los pobres.
Dice la de “los muchos mundos” que el Universo
no toma decisiones:
ante cada bifurcación
se desdobla grácil y despreocupado
en tantas copias como alternativas
le ofrece el azar.
Recuerda.
Recuerda los momentos de las grandes dudas.
Recuerda la renuncia implícita en cada elección.
Recuerda como la impotencia engendró en tu vientre
el grito siempre abortado del por qué esto
y no lo otro.
¿Y ahora?
Ahora imagina.
Imagina tu cuerpo deslizándose a través del vacío,
arrastrado por las sutiles corrientes que surcan el espacio.
Imagínate mecida por la dulce sinfonía de las estrellas,
acariciada por el suave y aterciopelado tacto de la nada,
mientras tus pensamientos se ordenan, se combinan,
danzan en contradanza en hermosos palacios de cristal.
Y entonces,
imagina:
Imagina que todo deja de tener sentido:
que el cosmos se hace caos;
que la abstracta y matemática negritud se torna roja realidad.
Algo ha roto el equilibrio.
Algo ha despertado a los perros de la guerra.
Alguien ha invocado al demonio de la duda.
Y en el centro del Universo
se ha abierto un calvero.
Y en el centro del calvero,
una palestra.
Y en el centro de la palestra,
la tentación,
Lucifer,
vestido de Armani,
hermoso como un Sol,
sonrosado como la Aurora,
el Señor de las Moscas,
abre su negra boca y te dice:
“¿Quieres seguir?
¡Elige!
¿Qué camino deseas?
¡Elige!
¡Solo depende de ti!
¡Es fácil! ¡Es fácil!
¡Solo tienes que desear!
¡Elige!”
Dice la de “los muchos mundos” que el Universo
no es uno
sino infinitos,
y que en todos
y en cada uno
copias casi perfectas de nosotros mismos
continúan el camino
y todos los caminos.
Ahora olvídate de todo
y acuérdate de ti.
Y piensa:
pero no en el Camino,
sino en las sendas,
y en las veredas,
y en las trochas que arañan la tierra.
Cuando estés preparada
percibirás un leve temblor,
una vibración que le arrebatará sustancia a tu carne
y color a tus miembros.
Tus manos adoptarán la calidad transparente de la nada;
tu forma única se hará múltiple.
Y crecerás, crecerás,
abarcando más y más espacio a cada instante,
tanto,
que el mundo,
y hasta el universo,
cabrán en tu mano.
Te acordarás entonces de aquel
que te exigía respuestas.
Le verás de frente,
y de perfil,
y desde arriba y desde dentro.
Como si fueses muchos,
como si fueses todos,
como si todas las miradas
y todos los ojos
fuesen tus miradas y tus ojos.
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despedida
Hoy no tengo nada para ti
más que un adiós.
¿Recuerdas aquellos consejos disfrazados de versos?
A veces me figuro lo patético que pude resultar
previniéndote contra recuerdos y bifurcaciones.
Pero no importa:
sé que siempre supiste
que te hablaba de mis propias miserias.
Mi nave va a partir: apenas si queda tiempo.
Estoy nervioso, he de confesarlo:
he esperado demasiado este viaje:
quizá desde siempre.
Mucho he andado hasta hoy,
imagina,
pero los caminos eran de otros.
Tuve que hollarlos para olvidar tantas enseñanzas,
y pagar tantas deudas,
y curar tantas cicatrices
que creí no tener vida suficiente.
Pero tales trabajos acabaron:
por fin el niño ha vuelto,
y con todo su egoísmo intacto.
Mi nave va a partir: apenas si queda tiempo.
Me habría gustado llevarte,
pero hubiese significado perderme tu futuro.
Volveremos a vernos sin duda,
pero debes saber que ya no seré el temeroso navegante
que quiso mostrarte rumbos seguros.
Espero que para entonces tu memoria esté henchida
de hermosos rostros,
días luminosos
y sabias palabras.
En mi memoria siempre guardaré
para ti el recuerdo de lo que fuiste.
Mi nave va a partir: el tiempo acabó.
Aunque el mío, como el tuyo, acaba de empezar.
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solipsismo
He vivido tanto tiempo con el mito
que a veces no reconozco mis propias ficciones.
Por eso necesito que me ayudes.
Por eso necesito que me digas si eres.
¿Conoces el test del espejo?
Se trata de ser y saberlo.
Quiero que durante un instante guardes silencio.
Quiero que durante un instante olvides.
Quiero que penetres en la oscuridad
y renuncies a toda actividad.
No pienses.
No seas.
Espera.
……………………………
¿Lo notas?
¿Notas ese rumor?
¿Sientes que hay alguien ahí,
al fondo,
entre las tinieblas?
Quiero que te preguntes.
No lo puedo explicar,
pero quizá sí mostrártelo:
Es como jugar al ajedrez contra uno mismo.
Es como soñar y decidir despertar.
Es la pregunta que se contesta sola.
¿Soy?
Es como el juego de las diferencias.
Como dos fotografías apenas diferentes,
como dos instantes cercanos pero distintos.
Como dos gemelos,
como dos estrellas.
Yo hace un momento y yo un poco después.
Como un calco que no acaba de cuadrar.
Como un recuerdo apenas equivocado.
Yo que miro y yo que soy mirado.
Objeto y sujeto,
un chispazo entre dos placas de metal que casi se tocan,
un déjà vu,
alguien que está detrás de mis ojos,
un fragmento de memoria.
¿Sabes a qué me refiero?
Entonces cuéntame.
A veces me cuesta tanto creer que existes.
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el pasado
Desde niño he tenido la sensación de que el pasado era
un sitio.
Para mí era una dimensión espacial más:
el pasado estaba ahí,
no sé,
detrás, o al lado,
no sé.
No te vayas a creer,
no fue esto un descubrimiento teórico:
se trataba de la realidad,
de montañas de imágenes repletas de pasado.
Yo asistí al Big Bang.
Y al nacimiento del Sol.
Yo vi nadar a un trilobites.
Y reptar a un pez terráqueo el día de sus primeros pasos.
Incluso estaba allí el día que aquel mono se preguntó.
Lo demás era un juego de niños:
Egipto y los griegos;
los vikingos y el rey Arturo;
Napoleón y la Segunda Guerra Mundial:
aquello ni siquiera era pasado.
Hoy sé que no es así.
Hoy sé de la irremediable pérdida que significa cada
segundo,
del efecto devastador de la entropía,
de la tragedia cósmica de la inflación.
Como sé de lo irrepetible de los estados mentales,
de cualquiera tiempo pasado que fue distinto
o de los procesos irreversibles.
Sé todo eso.
Pero los troquelados no pueden borrarse,
solo esconderse:
y sigo viendo el pasado como un sitio,
un lugar que está ahí,
quizá a la vuelta de la esquina,
esperándonos.
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hipótesis
Muchos son los que creen.
Algunos creen en viejos cuentos de abuelas.
Otros, más autorizados, creen en cosas como
la ciencia, el progreso o las matemáticas.
Luego están los sensibles
que nos proponen más sensibles objetos de credulidad:
la belleza, la razón, el amor…
Incluso los hay que siguen creyendo en los cuentos de abuelas.
Tú quizá necesites creer que el sol saldrá por
la mañana.
No lo creas: supónlo.
Solo supónlo y dúdalo cada madrugada
y verás cuan hermosos se vuelven los amaneceres.
Se me ocurre que es el momento de una enumeración:
la realidad,
el libre albedrío,
el otro,
el tiempo,
el tigre:
hipótesis que no metáforas,
hipótesis que nos constituyen
y nos convierten en hipótesis.
La ecuación de ondas,
los Tull,
la raíz de cinco,
mi escritorio,
el mar,
el mañana.
¿Te das cuenta?
Yo hacía un juego de niño:
cogía un objeto,
lo miraba fijamente
y repetía su nombre una y otra vez.
Pronto aquel nombre no significaba nada.
Pronto dejaba de reconocer aquel objeto.
Así aprendí lo poco que son las cosas.
¿Queda algo por decir?
Sí, por supuesto:
tú,
tú también eres una hipótesis:
la más hermosa y dulce hipótesis.
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cuando tú no estás
Quizá quieras saber qué hago
cuando tú no estás.
Casi siempre me podrás encontrar
sentado cerca de las sombras
donde algunos amigos
buscan respuestas.
Si el tiempo es bueno,
recorro las calles
para renovar el recuerdo
de lo real.
Algunas noches me siento en la proa
y a horcajadas sobre el bauprés
sueño con un puente habitado
por los amigos que fueron.
Los días de tempestad,
esos días,
despliego velas
e intento recoger en ellas
el soplo del azar.
Si estoy cansado
me gusta cerrar los ojos
y flotar entre las estrellas
y dejarme llevar
por las sutiles corrientes del vacío.
Aunque otras veces
prefiero que los sonidos
construyan altísimos castillos
a mi alrededor.
No sé,
quizá quieras saber qué hago
cuando tú no estás.
La verdad es que
es tal la dispersión
cuando tú no estás
que apenas si puedo
licuarme en versos
que den forma a lo que soy
cuando tú no estás.
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experiencias
Lo peor de la vida es que tengamos todos
que visitar todas sus estaciones.
Dicen algunos que nuestros embriones
recapitulan en su metamorfosis
la evolución de la especie.
Igual cada uno recapitula en sí
la historia de los demás hombres,
como si la única forma de ver fuese mirar.
Por eso son las historias de los otros
más ajenas fábulas
que las más fabulosas narraciones.
Y sí,
puede que no haya experiencia inútil,
pero las hay excesivas:
hubiese bastado una palabra,
una imagen,
acaso,
un instante.
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ensayo de cosmogonía
Es tan pequeña la diferencia
entre la nada y el ser que,
si lo piensas,
se reduce
a la diferencia misma.
Pues surgió la diferencia
quizá porque sí,
o quizá porque nada excepto lo imposible
esta prohibido,
y la unidad y su opuesto surgieron,
como prestados,
en esa suma cero que es la existencia.
Y con lo uno vino lo múltiple,
porque la casualidad no tiene limite
cuando el tiempo no existe:
así se pobló la nada de puntos
de polvo de cosas
que se agitaban
sin saber dónde ni cuándo,
sin saber de identidades ni alteridades.
Es la época de la combinatoria cósmica,
la época fuera del tiempo
en la que todo ocurre,
cuando todos los ensayos se perfeccionan,
cuando todas las posibilidades tienen
su oportunidad,
cuando todas las estructuras
se ven realizadas.
Formas efímeras,
desiertos perfectos,
universos sin futuro emergieron incontables.
Sin embargo,
uno de ellos encarnó la geometría
y en un instante
los puntos se alinearon
como atravesados por un rayo.
Lo hicieron porque sí,
por casualidad,
y adquirieron estabilidad,
y se organizaron en una cierta mezcla,
improbable y sutil,
de libertad y restricción:
así fue este espacio-tiempo nuestro,
este universo nuestro
nacido doblado y fronterizo,
capaz de permanencia y de cambio.
Y el mundo explotó
e inició su viaje hacia todas partes
en busca del frío.
Lo demás es nuestra historia,
la historia de pequeñas casualidades,
islas substraídas a los flujos de energía,
que aprendieron por casualidad
a reproducirse y sonreír.
Quizá quieras conocer los detalles,
saber cómo fragmentos de la estructura de nada
que fue el principio
se anudaron y,
sujetos por las dimensiones,
permanecieron.
O cómo los pequeños lazos,
para encontrar el camino,
siguen no uno sino todos los caminos
en no uno sino todos los universos.
Quizá quieras saber cómo ardieron,
allá en lo más profundo de los hornos estelares,
y cómo sus restos fueron expulsados al espacio
para convertirse en los átomos
de tus manos y tus ojos.
O cómo un día que vimos nuestro reflejo
en la superficie de una charca
nos preguntamos
quién y por qué.
Debes saber entonces que todo está ahí,
en la frontera entre el orden y el caos,
entre el cambio y la permanencia,
justo ahí donde se confunden
lo que nunca será
y lo que será por siempre.
“Nada estructurada”,
pensé una vez,
exagerando.
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los otros
A veces escucho,
como palabras de extraños,
los ecos mismos de mis pensamientos.
A veces las lecturas se mezclan
y emergen de los monólogos
amistosas conversaciones.
A veces descubro en sus razones las mías
y entiendo que ya conocieron de mí
al menos un fragmento.
A veces unos me llevan a otros,
y bajo sus mutuas referencias
reconozco un intercambio de saludos.
A veces el olvido
me permite ver el recuerdo
como obra ajena.
A veces sus músicas evocan
y me hacen añorar
compañías que no conocí.
A veces una anécdota basta
para presentir el aliento vital,
el perfil de un compañero.
A veces, soberbio,
me siento uno entre pares
y heredero de un antiguo linaje.
Y así vivo,
rodeado de amigos invisibles
y de amigos inventados
y de las obras que descuidadamente
van dejando en mi camino.
Y está bien,
aunque a veces desearía
no tener que imaginar ni sus miradas cómplices
ni sus fuertes risas,
como me ocurre contigo.
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¡corten!
Hay momentos en los que sé
podría desgarrar con un gesto
el tejido de la realidad
si recordase el gesto.
Camino por las calles atestadas,
miro sus rostros y sus andares convulsos
y sus rostros repetidos
y sé que todo es decorado.
Sé que algo se me escapa,
un detalle apenas,
como un olvido,
como un despiste,
una cifra que revela
la clave del enigma.
No hablo de algo desconocido,
sino de algo estúpidamente perdido,
de esa palabra que sabes existe
y simboliza a la perfección
tu pensamiento y, sin embargo,
prefiere quedarse ahí,
en la punta de la lengua,
negándote su perfección.
En ocasiones presiento con falso pálpito
una voz que de un momento a otro
va a resonar por encima
de hombres y máquinas
y va a dar fin
a esta realidad fingida.
Viendo a esos cómicos
seguidores de Stanislavsky
vivir intensamente su papel
he imaginado posible que algunos
olvidaran no esta línea o aquel verso
sino su vida entera
y quedaran así atrapados en su ficción.
Así me siento yo cada uno de los días
que mi memoria alcanza,
y así espero esa voz
que me despierte a la realidad.
La de verdad.
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plagio
No hay imaginación sino memoria:
pero tras concluir un elegante edificio
no hay que dejar a la vista el andamiaje.
Lo uno leí que dicen los bretones.
Lo otro leí que decía el viejo Gauss.
Pero a veces al leer sus voces
creo reconocer la mía
y me digo ¿por qué no?
y durante algún rato de soledad
cambio las palabras
para contarme por primera vez
lo que ya supieron otros.
Solo el olvido nos hace creadores:
por eso borramos las huellas propias
y rastreamos las ajenas.
El arco se yergue desafiante:
olvida sin embargo su soberbia monumental
e imagina la cimbra que lo sostuvo
cuando eran sus dovelas
apenas si piedras brutales.
Así somos,
arcos de luces que otros abrieron,
enanos alzados sobre hombros de gigantes,
epígonos desmemoriados.
El ciego que mejor vislumbró el infinito
dudando de sus obras
se jactaba sin embargo de sus lecturas.
Y es que es la creación combinatoria y elección,
azar y necesidad,
un hurgar en las entrañas del todo
para rescatar la piedra preciosa,
la improbabilidad cristalizada,
el azar congelado.
Lo único que lamento
es lo somero de estas aguas
que te ofrezco.
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misterio
Leo sus rostros torturados,
leo las arrugas en sus versos torturados,
y me pregunto
si sufren por el misterio
o si es que ellos también han descubierto
que el único misterio
es saber cómo sobrellevar
ser un salado grumo de materia.
Puedo entender a los jóvenes torturados.
Ellos aún creen.
Ellos aún tienen que conocer.
Ellos aún tienen derecho a la soberbia.
Pero a los de las arrugas,
a esos,
a los de las arrugas,
no los entiendo.
El incierto destino,
el sentido de la vida,
el sentimiento trágico de la vida:
es la contradicción,
es la paradoja humana:
cuántas palabras que oirás una y mil veces
para convertir en pregunta
lo que es deseo,
patético deseo de misterio,
de infinito,
de eternidad.
Grandes andamios de palabras
empavesan la más absoluta nada:
son los misterios,
lo inefable,
lo que escapa a la razón,
lo que trasciende,
lo que solo ve el espíritu,
dicen,
humildemente orgullosos,
tan perceptivos espíritus.
No puedo creer que no lo recuerden.
Todos tuvimos noches habitadas:
piel desnuda y alcohol,
complicidades inauditas,
y las más encendidas razones.
Lecturas y endorfinas,
placeres y soberbia,
sensaciones y epifanías,
emociones,
percepciones,
revelaciones.
¿De qué?
Tan solo un retrato en hueco.
He aquí una lección de crueldad
que sé nunca aprenderás:
a tus enemigos róbale sus enemigos.
Abarrota su mundo de espejos
y su aire de ecos.
Y, sobre todo,
despójales de sus misterios
y de las creencias que explican sus misterios
Pero no desesperes:
¿Quieres misterios?
Se me ocurren tantos…
¿Qué te parece intentar encontrar
explicación para la convivencia
de lo homogéneo y lo heterogéneo,
o de tu conciencia pura y mi cinismo ilustrado,
o de la nada y la soledad?
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porqués
Ellos son yo
cuando vivo su literatura,
pienso su filosofía
y descubro su ciencia.
Es hermoso.
Y sería suficiente
si no fuese por esta ambición de ser,
por esta necesidad de expandir mi yo
que inquieta mi vida
creo que desde siempre.
Sé que no hay creación sino memoria.
Sé que tras mi muerte de poco me servirán
los halagos tributados a mi recuerdo.
Sé que el gen anda por ahí
intentando hermosear mis adornos.
Sé que la voluntad de poder
aflora de las más extrañas maneras.
No lo niego:
escribo por placer,
por soberbia,
por despecho,
por ambición,
por esta pulsión de crear
que inquieta mi vida
creo que desde siempre.
Salvo el primero
no son muy hermosos motivos,
pero no hay otros.
Además son ilógicos,
pero es que la lógica lo puede todo
excepto mover a la acción.
Quiero demoler tus creencias,
quiero excitar tus emociones,
quiero agitar tu conciencia
y arrancar lágrimas de tus ojos
y sonrisas de tus labios.
Quiero perturbar tus días,
que sospeches de tus amigos
y que insultes a tu dios.
Quiero que me odies,
que te asombres,
que me admires.
Quiero poder imaginar
que un fragmento de mí está en ti,
quiero desparramar lo que sea que soy
sobre todos y sobre ti.
De hecho,
no son estos versos sino una nueva añagaza:
la verdad disfrazada de verdad.
Y ahora, la pregunta:
¿esto que lees ha puesto algo,
por pequeño que sea,
una imagen,
quizá una emoción,
en tu cerebro?
Si crees que sí,
perfecto,
pues eso quería:
colonizar tu mente,
expandir mi yo en ti,
extender mi fenotipo.
Y si crees que no,
bueno,
puede que te equivoques.
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sentir
Necesito sentir.
Y sentir que siento.
Y que tú sepas que siento.
Por eso intento aprender cuanto puedo.
Por eso rebusco en el pasado momentos que recordar.
Por eso invento historias en primera persona.
Y es que necesito sentir que vivo.
Resulta tan fácil olvidarse de uno mismo
que vivimos sin vivir,
que dijo la otra.
Muchas son las técnicas para intensificar la vida,
pero la mayoría dejan mal sabor de boca.
A mi me gusta esta de hacer
de la realidad y la ficción
un juego compartido
en el que tú y yo
fingimos creer que el otro existe.
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4
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electrón
Las cosas más iguales son distintas.
No son exactos los gemelos,
como no lo son dos gatos,
dos piedras
o dos puestas de sol.
Piensa en la proeza denominadora
de nuestra especie,
en el proyecto adánico
de categorizar un mundo
fragmentado y cambiante.
Piensa en las dificultades
de la abstracción,
en la hazaña que supone
el enunciado de una sola definición.
Y todo porque las cosas más iguales son distintas.
Leibniz defendió la identidad
de los indiscernibles:
no es posible que dos cosas
solo se distingan
en espacio y tiempo.
Sin embargo,
todas las miríadas de electrones
que surcan el universo
y cada uno de nuestro átomos
son iguales,
absolutamente iguales.
Y hay más:
todas las miríadas de positrones
no son sino electrones
recorriendo el tiempo hacia atrás.
Wheeler vio lo evidente:
la multiplicidad es solo apariencia:
solo hay un electrón
viajando de un punto a otro
del espacio-tiempo.
¿Te lo imaginas?
Todos los lugares,
todos los tiempos,
cada instante y
cada suceso,
cada pensamiento,
todos ensartados
como una ristra de perlas
por el hilo electrónico
de una única partícula elemental.
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día triste
Hoy es un día triste,
un día descolorido,
de esos de bordes afilados,
un día real,
obstinadamente real.
Hoy es un día triste
porque soy consciente de conocer
las respuestas de cuanto
puede contestarse.
Hoy es un día triste
porque existo,
sé que existo,
sé lo que soy
y no me gusta.
Hoy es un día triste:
hoy no hay dudas,
ni ambigüedades,
ni aventuras.
Hoy es un día horrible
porque soy consciente,
absolutamente consciente
de la sin razón de mis pensamientos,
de lo estúpido de mis motivos
y de mi esterilidad.
Hoy es un día triste
en el que ni la ironía me salva
de la tristeza de saberme
tan provisional.
Hoy es un día triste,
pero no te preocupes:
mañana volverán las preguntas
y nosotros volveremos a mentirnos.
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máquinas
Qué distinto siento tu desprecio
desde que sé que eres una máquina
de carne y huesos y sangre y linfa.
Qué distinto valoro tus actos
desde que sé que estás,
aunque imprevisible,
maquinalmente determinado.
Qué distinto disfruto de ti
desde que sé que no eres más responsable
de tu inteligencia que de tu belleza,
de tus creencias que de tu bondad.
Qué distinto veo mi imagen espejada
desde que sé que si soy libre
es solo para hacer lo inevitable,
dadas las circunstancias.
Y es que me parece el mundo más limpio
desde que me paseo por él
como por una feria de automóviles.
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olvidos
Tengo tanto miedo de olvidar la salida,
como de olvidar que la hay.
Incluso temo olvidar que ando buscándola.
Temo transitar círculos tan estrechos
que pueda olvidar que hay un afuera.
Temo transitar círculos tan estrechos
que alguien pueda encerrarme dentro
sin darme yo cuenta.
Tengo miedo de que aquel olvido de ayer fuese algo importante.
Tengo miedo de olvidar los olvidos.
Temo de hecho ser ya un producto del olvido,
temo de hecho haberme olvidado de demasiado.
Tengo tanto miedo de cada uno de esos pequeños trozos de muerte.
Quizá por eso repita minimalmente las palabras.
Quizá por eso quiera que tú las repitas.
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creencias(autobiografía II)
He creído en todas las cosas
pero ya no creo en nada.
Creí en un dios,
pero sus mismo profetas
me demostraron su imposibilidad.
Creí en los hombres,
pero es vano esperar nada
de quien es producto del azar.
Creí en el héroe,
pero el detalle menudo del mundo
me mostró su falta de imaginación.
Creí en mí,
pero con el tiempo vi
que eso es como no creer en nada.
Creí en el conocimiento,
hasta que el conocimiento, inhóspito,
me pidió que no creyese en él.
Creí en la pasión,
hasta que la práctica
me enseñó su parquedad.
Hoy no creo en nada.
Si acaso, la sospecha
de que hay un mundo ahí afuera
y que en él estás tú.
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exceso
Siempre he odiado el exceso
y siempre he vivido en él
y desde él envidiado
la serenidad y la calma.
Pero, ¿de qué excesos hablas?
De joven velaba las noches
prometiéndome ser menos
sin saber,
sin entender,
solo sintiendo el exceso
y el deseo de oscuridad.
Nunca fui nada
pero la voluntad de ser
me forzaba a coleccionar
pensamientos y palabras
y a construir máscaras
y fui tantos
que me asquea
el solo recuerdo.
Cada día
aquel que no era
miraba un instante
al que era con una
pregunta en su mirada
que era una súplica
de silencio y oscuridad.
Pero bastaba algo de alcohol,
un gesto amable
o un simple halago:
mi austero silencio
se licuaba en palabras
que defraudaban
todos mis propósitos.
Viví en el exceso
porque fui.
Hoy he conseguido
no ser casi nada.
Por eso puedo mirar
esos profundos ojos negros
sin apartar la mirada.
Por eso me encuentro tan bien.
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me cuesta escribir
Me encuentro bien,
pero me cuesta escribir.
Quizá porque le he leído
y al escribir
solo salen sus versos.
Quizá porque acabas de irte
y al escribir
solo salen sus versos
hablando de ti.
Escribir es tarea solitaria.
Quizá por eso siempre
aflore esa tristeza invernal
de tarde de domingo.
Pero ahora no me siento solo.
Le tengo a él.
Y te tengo a ti.
Hay más cosas,
pero ahora no me importan.
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5
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siglo XX
Apenas habíamos separado los colores
y ya nos pareció insuficiente.
Entonces los hicimos más intensos,
más primarios,
y los extendimos con grandes y ferinos gestos.
Pero nos pareció insuficiente:
y dimos vueltas alrededor de nuestros modelos
y orbitamos alrededor de nuestros modelos
y tan rápido fue nuestro giro
que simultáneos se hicieron
el frente y el perfil,
y lo de arriba y lo de dentro.
Y se rompieron los rostros en máscaras,
los rostros tan hermosos que tanto habíamos amado.
Rotos, simultáneos,
y tan hermosos y tan rotos.
Pero no fue suficiente:
¡era tanto lo que queríamos expresar!
Así que partimos en los dos sentidos del tiempo
en busca de las verdades de los primitivos
o de los dinámicos y veloces futuros:
y las formas se multiplicaron y se disolvieron
y el espacio se aplastó
y los instantes se hicieron uno.
Habíamos hecho pedazos lo absoluto y,
sin embargo,
algunos empezamos a sospechar que nunca nada sería suficiente.
Por eso empezamos a jugar.
Por eso elegimos entre la basura cosas que poner en los pedestales.
Por eso nos subimos nosotros mismos a los pedestales
y gritamos sarcásticos, burlones, escandalosos:
“Nada. Nada. Nada.”
Sin embargo,
aún todo,
resultó insuficiente.
Fue entonces cuando unos subieron al desván por nuevos juguetes.
Desde la puerta descubrieron con asombro
un nuevo mundo, entero y multiplicado,
lleno de arquitecturas, de ilusiones y de sueños…
Todos creímos que habría suficiente.
Pero no: apenas un soplo bastó
para derribar los decorados metafísicos,
los telones de trampantojo
y los trucos de ingenio.
Quizá por eso no quisimos evitar que los niños
lo llenasen todo de construcciones y garabatos,
de tebeos y recortes,
de rayas que se movían y
de rayas que parecían moverse,
de conceptos y de palabras que describían sus conceptos.
Fue divertido.
Fue rápido,
banal,
chispeante.
Fue sorprendente:
aún quedaba qué romper y ellos lo habían encontrado,
Naturalmente, no fue suficiente:
quizá por eso este regusto amargo.
Aquí la historia se confunde con el presente
y el discurso se hace inevitablemente autorreferencial.
La realidad es simulacro,
el símbolo se deconstruye,
la razón se hace sospechosa y,
por fin,
todo vale.
Es decir: nada.
Y exactamente esa es tu herencia: nada.
Un enorme y coloreado montón de escombros,
un almacén enteramente repleto de añicos,
los sucios restos de una borrachera.
No sé.
Quizá podáis juntar los pedazos,
o algo.
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cuatro mujeres
Sus azules cabellos
abrazan su absoluta desnudez
Sus ojos,
enormemente abiertos,
miran enormemente tristes.
La primera vez
inventé la historia
de un encuentro imposible.
Su rostro girado
parece un despertar.
Una luz ha llamado
su atención.
Aún se percibe
la estela dejada
por sus pensamientos.
Líneas negras separan
el ocre de su piel
de las doradas dunas.
Sus ojos,
dos trazos,
miran bajo el sol.
Ella fue la primera
que me hechizó.
Sobrecogida,
sostiene el pergamino
y mira hacia atrás.
Tardé en deducir
lo que había leído:
el futuro.
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sencillez
Sus palabras son plumas,
sus libros son trofeos
que cautivan a la bella.
La noche cambia
miradas y versos
por carne y suspiros.
Casi una niña
espera durante años
al borde del camino
la vuelta del amigo.
El cielo es azul
y dorados los campos
el día del regreso.
Un relámpago,
un encuentro,
un azar compartido,
una prenda,
una flor.
Una mirada
y un roce
encienden el amor verdadero.
¡Qué afortunados los predestinados!
¡Y es que debe ser tan hermoso
ser sencillo de corazón!
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tres imágenes
Hay imágenes que son como muletillas de la imaginación.
Quizá procedan de sueños,
de relatos olvidados
o de experiencias reconstruidas.
La de los perros feroces me cautiva.
Son muchos, una jauría,
y está atardeciendo.
Les he estado viendo bajar por la pendiente.
Ahora están girando allí,
en el último recodo del camino,
para enfilar mi dirección.
De cuerpo fibroso y metálico
tienen algo de entidad colectiva:
saltan gráciles unos sobre otros
como si en vez de correr
se deslizasen sobre las aguas.
Se desplazan en absoluto silencio y
sus largos saltos parecen dados a cámara lenta,
como si fuesen ingrávidos,
como si fuesen recuerdos,
aunque es obvio que nada puede huir de ellos:
su avance es inexorable:
su llegada, una cuestión de tiempo.
Por eso resulta paradójico
que el tiempo se dilate,
se demore en su transcurrir
mientras yo,
inmóvil,
veo cómo las crispadas y negras fauces de las bestias
se acercan y crecen,
instante a instante,
hasta llenarlo todo.
La de los gigantes quizá es más antigua.
No son torpes ni desmañados
sino elegantes y poderosos.
Y enormes.
Tanto que cada uno de sus gestos
es fuente de destrucción.
No hay malicia en sus actos:
ellos los creen justos:
ellos los creen necesarios.
Para ellos,
lo destruido nunca existió.
Es la ignorancia de escala.
Es la ceguera de las alturas.
Detalles, momentos,
vidas y sueños,
arquitecturas que se creían eternas
sucumben como cristales
ante el avance sordo de los gigantes.
Ellos no piden nada.
Ellos vienen, toman y se van.
La de los niños salvajes es enternecedora:
el suyo es un escenario
de caos y confusión,
de verdes praderas y profundos bosques
donde la vida,
tras un sueño infinito que ahora termina,
se despereza y palpita
en los deseos de bestias y plantas:
y se confunden los seres
en promiscua excitación,
en salvaje danza,
en violenta carrera.
Una voz suplicante dice a los niños:
“ya está bien, ya está bien”:
pero ellos no escuchan
y siguen corriendo
y sintiendo el aire en su cara
y en su sexo
y en sus cabellos revueltos al viento.
Probablemente sucumbas a la tentación
de interpretar mis imágenes:
entonces has de saber que,
además de cristal,
he sido perro,
gigante
y niño.
Aunque no debes hacer demasiado caso:
son solo imágenes.
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palabras
Desprecio las palabras:
solo el abismo que nos separa
justifica que ahora las use para ti.
Está la Historia repleta
de abanderados de palabras
que hablan intensamente de nada.
Hicieron de la gramática pensamiento
y del sujeto una paradoja:
constituidos en tribunal
aceptaron como prueba bocetos de dibujante,
y buscaron un culpable para cada accidente.
Llegaron a hacer de la herramienta dios,
del medio el mensaje,
de la metáfora un espejo.
Y es que con palabras
quisieron demostrar la existencia
de lo que nadie salvo los locos
ha visto.
Con las palabras
se convencieron
de que los hombres,
tan iguales,
eran distintos.
Hasta convencieron con ellas
a los héroes
de que diesen sus vidas
por ellas,
por las palabras.
Las palabras hacen
responsables a los hombres
del pasado,
al pobre de su pobreza,
al enfermo de su enfermedad.
Las palabras
transforman lo de fuera,
lo ocultan con su hechizo,
lo secuestran
en una cueva de sombras.
Y es que al principio
la palabra
multiplicó la realidad
en verdad y mentira
y pobló el mundo
de réplicas,
de falsas representaciones,
de ídolos engañosos:
dios
patria
herencia
libertad,
moscas,
moscas que zumban
en nuestros tiernos oídos
desde el nacer
hasta ese morir
que también nos intentan hurtar.
Te has dado cuenta,
¿verdad?
Palabras,
uso palabras
para demostrar que las palabras
son culpables.
Palabras.
Como si lo pudiesen ser.
Como si tuviesen nombre,
como si tuviesen carne:
!dios, cuántas palabras!
¿Entonces?
¿Quiénes son los culpables?
¿La razón?
¿Las ideas?
¿Quizá el orgullo?
Me temo que solo tú y yo,
mi amor,
solo tú y yo.
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solo una palabra
Deseo, confusión,
sueños y hormonas,
ignorancia sentimental.
Sexo, refugio,
mórbida dulzura,
una trampa.
Pasión, vanidades,
una obsesión,
un juego de espejos,
espejismos.
Rostros, movimientos, manos,
escenas soñadas,
complicidades calladas,
deseos inconfesados,
lo que pudo ser.
Algo amable,
dulces tardes furtivas,
una despedida.
Demasiado para una sola palabra.
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la abuela
Recetas de cocina,
recordatorios,
postales, fotos,
cartas, trapos,
mecheros y cerillas,
figuritas, jarrones,
maquinillas de afeitar,
dietarios,
botes con cosas,
cajas con cosas,
bolsas con cosas,
medicinas y prospectos,
folletos, fascículos,
notas,
pinceles, agujas,
papeles,
cosas.
Una entramado de existencias.
Eran su memoria de papel,
sus prótesis,
sus mnemotécnicos.
Una compleja tela de araña
que se hizo jirones de un manotazo.
Toda la casa con su contenido
precipitó con su muerte
en un montón de pura entropía,
en un montón de basura.
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6
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a guerra de las imágenes y las palabras
Fue esta guerra,
la de las imágenes y las palabras,
entre lo concreto y lo abstracto,
entre el mundo que es
y otro de sombras y ficciones,
entre el mundo que es
y otro que es el de las posibilidades.
Fue esta guerra,
terrible como pocas,
terrible como todas,
una guerra entre paradigmas
y una guerra entre especies.
Fue esta guerra
entre el fenómeno y el símbolo,
entre la realidad desnuda
y el borroso y brumoso mundo
de la realidad subjetiva.
Fue ésta la guerra de la codificación,
cuando se comprimió
el prolijo pormenor de la naturaleza
en signos y gestos.
Fue ésta la guerra de la abstracción,
destructora de realidades
y gramatical inventora
de mundos habitados
por caballos alados
y seres incorpóreos.
A costa de olvidar el detalle de lo sensible
y liberados del recuerdo abrumador,
los victoriosos accedieron a los paisajes de lo posible y lo imposible:
fue así como pudieron,
cruzando y negando,
explorar los multiformes jardines de la imaginación,
la ficción
y la locura.
No pienses que éstas de las que hablo
son las imágenes que pueblan tus días:
las de hoy son imágenes de imágenes,
imágenes enmascaradas,
la nada disfrazada de mundo,
la representación sin voluntad,
la victoria definitiva.
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amistad
Estoy dispuesto a escucharte,
pero no a comprenderte.
Quizá creas que estamos condenados
a no entendernos,
amigo.
Sé que soy egoísta,
pero no es eso.
Escucha:
necesito el halago,
pero no me vale si sé que lo es,
y lo sé.
Quiero que me engañes,
que me digas que soy
quien me gustaría ser.
Sé que lo harás por ser mi amigo:
por eso sospecharé de ti.
Por supuesto,
yo jamás te mentiré.
Me siento solo,
pero no quiero compañía:
quizá si aceptaras adorarme…
Quiero irme,
pero no quiero estar allí:
no sé si me entiendes.
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lo que sé
Sé que al admirar la belleza de una mujer
estoy evaluando sus fuerzas reproductoras.
Sé que mi camino de perfección
no es más que voluntad de poder.
Sé que tras mis valores se esconde mis deseos.
Sé que soy imprevisible pero determinado.
Lo malo es que yo soy todo eso que sé que soy.
No temo convertirme en otro: temo desaparecer.
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memoria y desmemoria
Es el yo un producto de la memoria.
Y de la desmemoria.
Porque el recuerdo nos identifica
con aquel otro que fue.
Porque el olvido nos distingue
de aquellos cuyas palabras repetimos.
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un fragmento de nada
Ha surgido de la nada,
ahí en el centro,
a la vista de todos,
un fragmento de nada.
Es esférico,
quizá,
y crece.
No es,
pero desvía las palabras
y los gestos que
rodean su esférica forma
por líneas como meridianos.
Crece:
las palabras y los gestos
ya no pueden sortearlo:
lo rozan
y se refractan
y se introducen en la esfera de nada
que parece estar llena de vientos:
en su interior
todo gira
en vórtices demenciales.
La sucia nada nos aplasta
contra las paredes.
Los demás siguen hablando.
Ahora sus palabras caen
directamente en los torbellinos.
Sé que no es hermoso.
Incluso diría que es trivial.
Pero así fue y así te lo he contado.
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pereza
Esta mañana tengo deseos de destrucción.
Me gustaría hacer saltar por los aires
algunas de estas putas colmenas nuestras,
incendiar algún patético parque
y hacer en él una alta, altísima hoguera
donde quemar esas prótesis que tanto queréis.
Me gustaría gritaros al oído algunas cosas,
como la idiotez irremediable de vuestros hijos,
por ejemplo,
o lo mal que suena vuestro equipo de música,
por ejemplo,
o que os vais a morir,
por ejemplo,
cuando menos lo esperéis.
Me gustaría introducir en la red un bonito virus
que llenase de sexo descarnado,
ja,
todas vuestras jodidas pantallas,
y todos vuestros jodidos documentos,
más que nada para recordaros de qué va esto.
Me gustaría hacer un viaje para explicarle
a las masas sin número de negros y amarillos y rojos
cómo amenizamos nuestras cenas con imágenes
de sus guerras y su hambre y sus pestes y sus rezos.
Pero no hay de qué preocuparse:
y es que es una suerte,
una enorme suerte
la de esta todopoderosa pereza mía.
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provisionalidad
Me pesa esta eterna provisionalidad.
En mis sueños era el futuro un mañana alcanzado,
la felicidad una rutina amable,
y yo un actor que extraía placer
de interpretar un papel que sabía placentero.
Pero algo no salió bien,
el mañana no llegó,
y yo me pregunto dónde me perdí,
dónde me convertí en una anomalía.
Dos instantes iguales
significan tiempos iguales,
el tiempo doblado sobre sí mismo
en eterno retorno.
Pero dos instantes iguales
no lo son nunca en realidad
si la memoria mantiene presente el pasado.
Así son mis días,
haces de sorpresas y dudas,
de proyectos abandonados
y de nuevos propósitos,
de conjeturas,
de preguntas,
de momentos previstos y alterados
por la previsión misma.
Sé que soñé sueños de gentes sin memoria
y que nunca debí esperar la eterna paz
de los días idénticos.
Pero sigo soñando
y añorando el dulce aburrimiento
del tiempo detenido
e imaginándome sabio, inmune e infinito.
Dicen que es señal de juventud
no encontrar asiento,
pero es éste inútil consuelo
cuando el tiempo se acaba.
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